Habrá quien lo admita de buen grado y otros que lo asuman solo a regañadientes, pero el quinto trabajo de Ariana Grande valida definitivamente el apellido de su firmante. Publicado apenas medio año después de su antecesor, “Sweetener”, no hay en él un solo detalle que permita desdeñarlo como obra menor o a rebufo, como trabajo precipitado. Al contrario, en “thank you…” prevalecen el desparpajo y el arrojo, la confianza plena y el empoderamiento, la solvencia y la madurez de quien, a sus 25 añitos, se encuentra ya a años luz de aquella heroína para el público adolescente. El terrible episodio del atentado en su concierto de Manchester (mayo de 2017) habrá pesado lo suyo en esta súbita maduración, tanto como la muerte prematura, en septiembre pasado, de su ex el rapero Mac Miller (la herida supura en “ghostin”, lenta, emotiva y suntuosa en arreglos). El resultado, en cualquier caso, es el de una reinona del un r&b inspirado en los años noventa, pero también receptivo con el trap y el hip hop de las nuevas generaciones. Y con algún guiño al pasado: la excelente “fake smile” se abre con un homenaje a una clásica medio olvidada del soul, Wendy Rene, y su “After laughter comes tears” (1964). Lo cierto es que Ariana ha sido capaz de ventilarse en un par de semanas un trabajo que incluye joyas contagiosas (“bloodline”), algún single memorable (“7 rings” y su extrapolación de “My favorite things”), ecos de Amy Winehouse, motivos para agradar a los devotos de Rosalía (“imagine”) y un tema central que serviría como himno de liberación femenina. Todo con mucho estilo, en muy poco tiempo, con las expectativas desatadas. Negar a Ariana equivale a abrazar la fe de los terraplanistas.

 

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