Con Eric Pulido queda una cierta sensación de desdoblamiento de personalidad. En 2013 se erigió de manera sobrevenida en cabeza de filas de Midlake, una de las bandas más adorables que ha conocido el siglo XXI, y de aquella hizo lo que podía esperarse de él. En ausencia de Tim Smith, el hasta entonces jefe de operaciones, Pulido se vio obligado a pasar de lugarteniente a cabeza de cartel y entregó “Antiphon”, un disco más o menos parecido al que habríamos esperado de su antecesor: lánguido, evanescente, refinado en su exquisita delicadeza. Pero desde entonces Midlake permanecen silentes y Pulido parece preferir los movimientos en otras direcciones. Primero propulsó BNQT, una lúdica superbanda de folk-rock junto a los líderes de Band of Horses (Ben Bridwell), Franz Ferdinand (Alex Kapranos), Travis (Fran Healy) y Grandaddy (Jason Lytle), nada menos, y ahora se inventa este alias “más joven” para un debut en solitario espectacular, encantador, adictivo y, a la vez, terriblemente liviano: nada de lo que a priori habríamos esperado de él. “To each his own” es un festín de la canción, 11 piezas para el hedonismo auditivo: un caramelo para el oído ante el que corremos serio riesgo de enamorarnos perdidamente. Pero es lo contrario, ojo, a un álbum sesudo. Pulido se abona al soft-pop de los 70 y escribe el disco que hoy habría rubricado el añorado Andrew Gold. Hay mucho de Nilsson (“On an island”), ecos de Seals & Crofts, armonías a la manera de los Eagles, digresiones casi isleñas (“CLP”), enormes baladas acústicas (“Monterey”), singles pluscuamperfectos (“Used to be”). Al final, un trabajo tan adorable que a su autor puede que no le tomen, paradójicamente, del todo en serio. Pamplinas: estamos ante un regalo muy gozoso.

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