Jorge Arribas y Diego Galaz son dos músicos que hacen fácil lo muy difícil. Tocan y escriben como el que silba, como quien hunde las manos en los bolsillos y emprende un paseo por el muelle o el filo de la arena. Son naturales, espontáneos, atemporales de una manera que produce pasmo y envidia: componen un repertorio que late y se eleva con tanta sencillez que lo imaginaríamos fruto de arduas investigaciones etnográficas para desempolvar joyas agazapadas durante centurias. El acordeonista vallisoletano y el violinista burgalés invitan a la sonrisa incluso cuando, como es el caso, se inspiran en tránsitos portuarios, en viajes no siempre voluntarios de una orilla a otra. Si en su anterior proyecto, “Cantables”, indagaban en la música vocal, ahora regresan mayormente a esas piezas instrumentales, en apariencia sencillísimas, inspiradas en sus periplos por medio mundo; porque Jorge y Diego son dos tipos a los que la música siempre les ha llevado de viaje (qué envidia) y que en esta ocasión nos llevan desde Quebec (Canadá) a su casi segunda patria bonaerense, de Nueva York al Magreb. De la Torre de Hércules o el Cantábrico euskaldún hasta los dominios mexicanos, otra segunda patria en la que cualquier día les concederán la segunda nacionalidad. Carmen París se marca precisamente una preciosa ranchera, “La vieja emoción”, y Javier Ruibal se erige en el otro vocalista invitado para llevarnos, cómo no, hasta Cádiz con los “Tanguillos chicucos”. Produce Carlos Raya porque, como ya ha quedado expuesto, en Fetén Fetén no saben de fronteras, y mucho menos de estrecheces mentales. Y el resultado es tan gozoso como una vuelta al mundo en 80 compases. O en 800. Porque Fetén Fetén son, como el eslogan costarricense en el que también recalan (“La Tomasita”), pura vida.

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