Acostumbramos a hablar de los “one hit wonders”, canciones que triunfan por todo lo alto pero cuyos responsables no consiguen reeditar ese éxito con alguna otra nueva composición. Para discos como este deberíamos generalizar la expresión “one album wonders”, porque asombra recordar la huella inmensa (y merecidísima) que dejó este trabajo para que luego estos Cinco Jóvenes Caníbales ni siquiera se tomaran la molestia de grabar una sola entrega más. Hay algo de misterioso en la historia de FYC, formación para la que David Steele y Andy Cox, que venían de formar parte de The Beat (o The English Beat, para no confundirlos con la banda de Paul Collins), encontraron a Roland Gift de casualidad. Gift provenía del circuito de pubs, tenía un rostro que recordaba a Sidney Poitier y muchas ganas de ejercer como actor, pero su voz aunaba ternura y fiereza en un equilibrio raro y mágico, como acabaría sugiriendo el título de este álbum: “Lo crudo y lo cocinado”. Era la segunda entrega de los Cannibals, que ya habían registrado un muy interesante álbum homónimo, pero estas diez canciones los consagraron como un trío en gracia. Seis de ellas, ¡seis!, acabaron publicándose como sencillos, y habría podido exprimirse este vinilo hasta el décimo corte: el exitazo bailongo de “She drives me crazy”, el memorable guiño al “northern soul” para “Good thing”, la visita a la herencia Motown con “Tell me what”, la simpatía instantánea de “Don’t look back”. Y mi favorita, “I’m not the man I used to be”, baladón de ropajes que entonces llamaríamos “house” y luego pasarían por trip-hop. Y después de esta exhibición… el silencio. Gift nunca llegó a ser un gran actor, pero estos diez temas le inmortalizan como “soul man”.

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