Los chicos de Interpol suben la apuesta. El suyo no es un sonido al gusto de todos: o lo amas o te rechina. Pero esa solemnidad pomposa, ese gusto por el pop grandilocuente y plagado de ángulos adquiere aquí otra dimensión. Sobre todo, porque la inesperada elección de Dave Fridmann como productor (Flaming Lips, Mercury Rev) ha servido a buen seguro para afilar el sonido de la banda, para que gane en carácter orgánico; incluso en imperfección.

 

Marauder es ya el sexto disco y se concibió durante la gira con la que los neoyorquinos celebraban el decimoquinto aniversario de su laureado debut, Turn on the bright lights. Por fortuna, estas 11 canciones (más dos breves interludios) no suenan en ningún momento a un grupo fatigado, recurrente o ensimismado en sus laureles pretéritos. Lo mejor de Marauder es su vivacidad: el pulso, la furia, el fulgor. El discurso torturado, pero no fatalista, que hace suyo ese temperamental jefe de filas llamado Paul Banks.

 

Nada que empiece con una pieza tan rotunda como If you really love nothing (atención al vídeo, con Kirsten Dunst de protagonista) puede acabar mal: el estribillo al frente, de entrada, sin rodeos. Pero luego llegan The rover, Number 10, el latigazo rockero de Complications. Interpol, como sucede en el caso de Editors, no pretende resultar una banda particularmente moderna. Es más, recela de las nuevas tecnologías, de la (in)comunicación global, de la postverdad. Pero bajo la pompa de Marauder hay, por primera vez en unos cuantos años, un pálpito intenso.

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