Nada o casi nada de lo que tiene que ver con Juan Wauters se ajusta a parámetros preconcebidos; o, si se prefiere, solo encaja en el molde de la singularidad. Ya no es habitual su ficha biográfica, la de un uruguayo que, ya mayorcito, partió en 2002 de Montevideo hacia Queens para reunirse con su padre y descubrió sus habilidades musicales como una manera de sobrevivir y socializarse en la Gran Manzana. Tampoco es en absoluto convencional el formato de este quinto disco, un catálogo de 21 cortes que se resuelve en apenas 33 minutos porque cerca de la mitad de las pistas son grabaciones de testimonios a pie de acera o fragmentos de emisiones televisivas y radiofónicas figuradas. ¿Un batiburrillo? Para nada: más bien un mosaico de la vida en Nueva York durante el acomodamiento a la nueva normalidad. Es decir, una colección de “situaciones de la vida real”.

 

Real life… tiene en realidad mucho de panoplia callejera y documental, un retrato impresionista y vivísimo en el que Wauters recurre a la diversidad lingüística (inglés y castellano se alternan con desparpajo casi aleatorio) y el poliamor estilístico. Porque el álbum tan pronto suena a indie-folk fraguado en la intimidad de la habitación (Carmina pensá) como a música urbana (Unity), bailoteo electrolatino (Locura) o digresión con los amigotes, llegados al encuentro con Mac DeMarco, otro marciano manifiestamente inclasificable, en el caso de Real.

 

No es la única voz amiga que asoma por Real life situations, donde, entre otros, Air Waves participan en Lion dome y las dos piezas más adorables son también compartida: la casi carioca Acordes, con Tall Juan, y una balada de saxo que deriva en silbiditos para Estás escuchando, una delicia con El David Aguilar. Porque el álbum empezó como un viaje estadounidense prepandémico a la busca de amigos y aliados, a la manera de lo que en 2019 había practicado con éxito por Uruguay para Introducing Juan Pablo, y termina en un obligado y delirante confinamiento neoyorquino para el que nuestro protagonista se pertrecha de guitarras desconchadas, cajas de ritmos precarias y teclados de mercadillo. Es lo que hay, pero Wauters, como un Devendra Banhart del Río de la Plata, le saca a todo un partido insólito.

 

“Ya no vivo más la vida. La vida ahora me vive a mí. Me estoy sintiendo bien así“, canturrea Juan Pablo a capela y en plena calle en la brevísima pero elocuente Yendo, testimonio espontáneo de resignación y resiliencia. Es casi el penúltimo capítulo antes de Powder, la pieza más elaborada gracias a la presencia de un cuarteto de cuerdas, aunque su ingobernable autor se la ventila en 97 fulgurantes segundos. Vaya personaje, o personajazo.

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