El planteamiento, como punto de partida, podría resultar no ya poco estimulante, sino abiertamente disuasorio. Julio de la Rosa decide celebrar con todos nosotros su feliz paternidad dedicándole a su hija un álbum monográfico de 49 minutos sin interrupción, una especie de suite paternofilial en la que expresar sus sentimientos más íntimos sobre el alumbramiento y la crianza. Nada de canciones separadas, aunque hasta tres fragmentos por ahora se han aislado y retitulado como piezas autónomas a la manera de adelantos digitales. Solo una cara A y una cara B, en el caso del vinilo, a la manera de los grandes discos del rock sinfónico de hace ya casi medio siglo.

 

¿A quién puede motivarle algo así? ¿Cuántos excesos de melaza se deslizarán en una obra alentada por el legítimo amor de un papá por su pequeña? Los antecedentes eran previos y poco alentadores (más allá de Isn’t she lovely?, de Stevie Wonder; con todo, un capítulo muy menor en su colosal Songs in the key of life). Pero De La Rosa nos tapa la boca y sepulta la predecible montaña de prejuicios con un álbum lindísimo. Radiante y poético en sus mejores acepciones. Vitalista, claro. Pero no embobado. Y siempre, siempre, de una atónita lucidez.

 

El jerezano se ha afincado ahora en la sierra madrileña y aprovechó la pandemia para escribir y grabar en completa soledad, interpretando todos los instrumentos por su cuenta, esta serenata pop para la que no se nos ocurre parangón. Bien es cierto que la destreza de Julio como autor de bandas sonoras (en particular, las de Alberto Rodríguez) late en esa habilidad para entrelazar movimientos a veces bien distanciados en métrica e intención, casi como si nos encontráramos ante el Tubular bells del indie. Pero, más allá de similitudes plausibles y puntuales con Nacho Vegas o Jota/Planetas, aquí nos encontramos con un discurso personalísimo, lírico, hermoso y nada atildado. Incluso conmovedor cuando, hacia el comienzo de la segunda cara (aún mejor que la primera), De la Rosa asume su paternidad tardía con una imagen bella y dolorosa: “Y bailarás, pero mis piernas a no podrán. Y tú serás mis piernas”.

 

El apego es a buen seguro irreproducible sobre los escenarios, y hasta puede que un capricho muy particular en el periplo artístico de quien fuera líder de El Hombre Burbuja y ahora desarrolla, sobre todo, una intensa faceta audiovisual. Pero aunque esta prodigiosa rareza no le proporcionará ningún Goya, como sucediera con su música para La isla mínima, estamos de lejos ante lo mejor que ha grabado. Puede que incluso por encima de aquel Pequeños trastornos sin importancia (2013), que ya es decir.

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