Inmerso en un fecundo estado de gracia que corre paralelo a su cometido como cantante en la banda de Late motiv, el programa de Buenafuente fumigado de muy mala manera por Movistar+ el pasado mes de diciembre, el gran Carlos Ruiz Bosch saca pecho con el disco probablemente más luminoso, instantáneo y reconfortante de su catálogo. Dos años y medio atrás, el remolón Hablo tu idioma pero no lo entiendo (2019) se había erigido en continuador del adorable Miércoles 14 (2015), aunque se vio lastrado por un par de circunstancias: su tono algo oscuro y taciturno y, sobre todo, esa disparatada idea de bautizar sus canciones con nombres propios de personajes presentes o históricos que venían muy poco al caso, lo que dificultará para siempre identificar los títulos y determinar los cortes favoritos de cada cual. Chadanaca se deja de circunloquios y solo resulta enigmático por el término bengalí que lo bautiza (y que se traduce en la segunda parte del título). Por lo demás, todo confluye para que nos entreguemos a una escucha gozosa y reincidente, porque su repertorio se sitúa en una franja entre la placidez y la adicción.

 

Litus ha querido reivindicarse con el reclamo de un álbum directo y encantador, más allá de alguna letra un poco más obtusa. El tarrasense se encuentra en las antípodas de las tendencias comerciales de nuestro tiempo, pero Chadanaca será, probablemente, lo más cerca que pueda encontrarse nunca de entregar un trabajo con vocación de seducir a un público amplio. La suya es la escritura del sabio hábil y cada vez más experimentado que toma ejemplo de los autores más irrefutables que en la cultura popular han sido –de McCartney a Neil Finn–, agrega las enseñanzas del soul y los sonidos en la onda media de los años setenta y exprime todo ese tarro de esencias para procurarnos una experiencia encantadora. El menú no es evidente pero sí muy accesible: diez canciones más amigas de los tres minutos de duración que de los cuatro, una cara A de estribillos arrolladores y una cara B más proclive al sosiego. Y un repertorio con mucha miga del que nos encariñamos desde la primera vez, pero al que le sacamos más jugo a medida que vamos desentrañándolo.

 

Si lo que buscaba era eso, un elepé que le sentara a nuestros oídos como “auga de mayo” (por coincidir con el título del último corte), Ruiz Bosch puede presumir desde ya de haber superado la prueba con una nota alta. Agua de mayo reincorpora precisamente al Quartet Brossa, que jugaba un papel primordial en Hablo tu idioma…, pero el instinto pop es aquí la nota prevalente. Sobre todo en la fantástica Pájaros de desván, con ese aire a Eagles y rock californiano del que no debe de ser ajeno su couator, Ricardo Ruipérez (M-Clan), pero también en la eufórica Cáuntica y en ese canto de amor al prójimo que es Kreptafibia, otro estribillo avasallador para el que, por forma y fondo, no podía encontrarse mejor alianza que con el malagueño El Kanka.

 

Ese Litus más acústico, el que ha escuchado a los grandes dioses del Laurel Canyon, aflora en otra página soberbia, La hora azul, mientras que la canción pianística se impone en Maraña o Chadanaca. Eso que en los setenta llamaban yatch pop encaja como un guante con la elegantísima Voy Septiembre opta por el tiempo medio como cauce adorable para cantarle a los reintentos y las nuevas oportunidades. En ese momento dulce, inspirado, empático y sin estridencias en que se ve inmerso, el de un hombre maduro y rebosante de ideas que ha encontrado el bienestar consigo mismo, Litus ejerce ahora mismo como uno de los compañeros de viaje más acogedores que podemos encontrarnos en el pop español.

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