Manu Clavijo es un argentino de La Plata afincado desde hace décadas en Madrid, donde se le conoce como un habitual en el circuito de las salas para cantautores, en particular la Galileo Galilei (¡cuánto daríamos todos por poder combinar sus canciones con una copa y sus míticos cacahuetes salados esta misma noche!). Tiene una trayectoria sólida y prolija a sus espaldas, pero ninguna de las características como para hacerse, digamos, mediático. No es ya ningún querubín, sino que transita por los cuarenta y pocos. No despunta en las redes sociales, ha tardado más de lo debido en desembarcar en las plataformas de streaming, no juega las bazas de la fotogenia, los amigos ilustres, los gestos de cara a la galería. Pero es un autor sólido, muy sólido; y lo suficientemente original para que no podamos considerarlo un-cantautor-de-tantos. Porque resulta reconocible, por muchas razones, nada más empiezan casi todos sus temas. Y porque hay un componente de originalidad, de voz propia y singular, de personalidad acentuada, que se agradece sobremanera en tiempos de oferta sobreabundante.

 

A Clavijo hay que descubrirlo, ya decimos. O reivindicarlo, si ya nos cruzamos con su material previamente. Este quinto disco propio constituye una ocasión magnífica, aunque, dados sus habituales tratos con la mala suerte, lo haya alumbrado justo cuando la vida se nos paralizaba trágicamente con “todo esto”. Es un álbum inusualmente extenso y generoso, con sus 17 canciones. Y podrían ser menos, como quizá algún conocedor de los actuales hábitos de consumo le habrá advertido. Pero merecen ser escuchados los 17, porque no hay redundancias. Ni sobrepesos innecesarios. Solo las ganas de expresarse, de contar, de eclosionar. De asomar con todas las consecuencias.

 

Clavijo proviene del mundo clásico y de la tradición del violín, y en ese sentido su propio timbre vocal, solemne y engolado, recuerda más a su admirado Alberto Cortez que a otras tendencias más jóvenes y en auge. También el poso del Conservatorio se evidencia en los arreglos, ricos en instrumentos tan poco habituales entre los cantautores como el fagot (elegantísimo, Esteban Rodríguez). Hay autorretratos ingeniosos y nada autocomplacientes (El tuétano), trabalenguas acelerados y pintorescos (Estribillos coleccionables), adioses dolorosos y de gran hondura poética (A lo mejor), sonrisas tan burlonas como la de Bienvenido, Mr. Wonderful. Y así, insistimos, hasta 17 capítulos. Mucha y buena tela que cortar.

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