En medio de tanta marabunta, de los estrenos de relumbrón y la letra gruesa en los titulares, sería manifiestamente injusto que perdiéramos de vista una joya tan delicada como esta, que asoma sin alharacas pero resulta ser un sabrosísimo caramelo de pop refinado y camerístico, a veces pastoral. A estos escoceses (de dónde, si no) les habíamos echado el ojo con su debut, el ya suficientemente fascinante “Swell to great” (2017), pero en menos de un año han tenido tiempo de encontrarle un sucesor que afianza, agiganta y expande sus hallazgos. Porque el cuarteto de Perthshire parte de un pop-folk de cámara con ramalazos bucólicos, pero cada vez se le entrevén menos cortapisas en las hechuras. “Welcome strangers” –título elocuente, porque esta chica y chicos son amantes evidentes de las diferencias- apuesta por composiciones acústicas de gran belleza que asumen ‘crescendos’ de cuatro minutos, a medida que se cuerdas y metales van incorporándose al festín. Componen y cantan a partes iguales Emily Scott y Rob St. John, a menudo en unísono y con independencia del autor de cada pieza, lo que acentúa el espíritu colaborativo, seguramente neo-hippy, de la grabación. Y los motivos para la excitación son múltiples. La banda señala que durante sus reuniones suenan vinilos de Van Dyke Parks, Matthew E. White, Nanci Griffith o Philip Glass, un mejunje factible (y reconocible) que genera un universo no muy alejado al de Wild Beasts o, si buscamos referentes menos coetáneos, October Project. Pero definido el ecosistema, lo mejor es dejarse llevar por esta música particularmente bella: la pompa orquestal de “Get back down”, la intensidad creciente y misteriosa de “Horns and trumpets”, esa introspección que no rechaza los estallidos de luz (“Let idle hands”). Son diferentes. Y son, sobre todo, fabulosos.

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