Hace unos pocos días acertó a sonar en mi estéreo “Pipes of peace”, la canción que da título a aquel disco que Paul McCartney entregó al mundo en 1983. No es ni la mejor composición de su excelso autor ni tan siquiera mi favorita: la melodía es preciosa, pero acaso un poco dulzona, enfática, edulcorada. “In love our problems dissapear”, esas cosas. Y sin embargo ese tema escuchado un millón de veces me trasladó de repente a un centro comercial recién inaugurado, al otoño o invierno de aquel año, al niño que fui y que era agasajado por sus padres, en aquel preciso instante, con un ejemplar de “Pipes of peace” en casete. Yo ya sabía que Macca -aunque ni de lejos le llamara Macca- era un señor muy importante, pero en mi casecoteca de 50 o 60 títulos no había ninguno firmado por él, ni siquiera por los grupos en los que había militado. Y aquella cinta era un tesoro incalculable: no solo por la canción titular, sino por las dos colaboraciones con Michael Jackson (¿cómo no se hizo famosa “The man”?), el arrebato meloso final de “Through our love” o mi favorita desde el primer día, “The other me”, que me intrigaba porque McCartney sonaba como si la hubiera grabado bajo los efectos de un catarro notable. Pero lo más hermoso de todo era la carátula de la casete, que se desplegaba como un acordeón para ofrecer todas las letras, y la emoción de que aquella cajita de plástico y cinta magnetizada me pertenecía para siempre y podría recurrir a ella, como tantas veces hice, a lo largo de los años. Mis padres eran muy humildes y nunca les sobró el dinero, pero sé que aquellas 800 o 900 pesetas que invirtieron en la sección de música del Alcampo eran un acto de amor. Y hoy quería reivindicarlo y reivindicarles, puesto que no conozco nada con tanto poder de evocación como los tres o cuatro minutos de una bella canción sencilla. Y ese “Let me show you how to play the pipes of peace” te permite viajar, como si hubiera sucedido ayer, 35 años atrás en este vertiginoso tránsito de la vida.

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