Paul Anthony Young emergió en 1983 casi de la nada, porque, honestamente, sus andanzas previas con los Q-Tips no habían alcanzado los radares de ningún sanedrín musical. Pero este debut, extenso e intenso, resultó una revelación arrolladora. Teníamos a un muchacho de Luton, con esa cara de bendito que no ha roto un plato, aplicándose a fondo con el blue eyed soul antes de que Mick Hucknaill (Simply Red) se erigiera en máximo competidor. Pero su sagacidad en los planteamientos musicales, aún hoy, producen auténtico pasmo para un álbum de debut.

 

No parlez es hijo de su época, sin duda, pero sus devaneos sintetizados, esos bajos desmedidos o los constantes ganchos sonoros aún hoy pueden escucharse como un prodigio de ingenio y osadía. Y luego estaba la recurrente presencia de esas coristas despepitadas, que aparecían en créditos como Fabulous Wealthy Tarts y eran un espectáculo permanente: a veces cantaban de una manera medio convencional, pero a menudo preferían los sonidos inarticulados y casi siempre parecían salidas de un karaoke coreano (¿qué demonios significaría aquel título, Ku ku kurama?). Young apenas escribía material propio, pero fue capaz de sacar petróleo de una vieja canción de Marvin GayeWherever I lay my hat (that’s my home), que por entonces no recordaba casi nadie. Y era lo bastante osado como para hacer suyo Love will tear us apart, apenas un par de temporadas después de que su firmante, Ian Curtis, se hubiera quitado la vida.

 

De entrada parecía una blasfemia, pero Paul no solo salió airoso sino que reinventó por completo el original. Y además tenía acceso a originales muy valiosos: Jack Lee, el mismo hombre que le había escrito a Blondie Hanging on the telephone, le hizo entrega de Come back and stay, éxito instantáneo y todavía hoy emblema de aquellos primeros ochenta. El productor, Laurie Latham, optó por incluir en el elepé la versión maxisingle de ocho minutos, que casi parecía sacada de unas sesiones de Soft Cell. Era una decisión insólita, igual que ese pesado cierre de Sex, siete minutos que nos podíamos haber ahorrado y único traspiés del álbum. Pero demuestra que Latham y Young confiaban a ciegas en lo que se traían entre manos; incluso en baladas tan solemnes, celestiales y hermosas como Broken man.

 

Nuestro protagonista comenzaría a padecer muy pronto graves problemas vocales, su carrera se volvió intermitente e incluso a principios del siglo XXI relanzó su popularidad como participante en realities de cocina. Pero tanto este disco como alguno de sus continuadores (The secret associationOther voices) quedan para los anales de una década irrepetible.

 

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