De vez en cuando reescucho este bonito debut en solitario de Roger McGuinn, pero nunca me queda claro en qué grado me fascina y en cuál me desconcierta. The Byrds habían echado el cierre de una manera ya más bien lánguida, porque todo acaba estropeándose, y este jefe de operaciones enorme quiso refrendar su apabullante pedigrí haciendo lo que le dio la real gana. Impresiona la facilidad con la que, en aquellos aún iniciales años setenta, este hombre podía tirar de agenda. La armónica que abre la inaugural ‘I’m so restless’, sin ir más lejos, corresponde a un tal Dylan, mientras que el saxofonista que irrumpe para alborotar el canónico folk-rock de ‘My new woman’ es cortesía del mismísimo Charles Lloyd. No se detienen ahí las sorpresas: ‘Draggin’ no es solo un evidente tributo a los Beach Boys, sino que las armonías las aporta Bruce Johnston, uno de los Chicos de la Playa. ‘Time cube’ mira hacia la tradición más pura de estrofa repetida, aunque extrañamente coloreada con un sintetizador Moog. Pero es de autoría propia, a diferencia del epílogo del álbum, la célebre tonada tradicional ‘The water is wide’. El modo más campestre, con ‘slide’ de por medio, le sirve a ‘Bag full of money’ para abrir la cara B, donde a su vez se cuela el desmadre fronterizo de ‘Mi linda’ o el ‘blues’ a la vieja usanza de ‘Hanoi Hannah’. Y es toda esa mezcolanza, su permanente carácter híbrido, las decisiones extrañas (el coro infantil de ‘Stone’), lo que quizá no hiciese de este LP un referente de su década. Y eso, a pesar de que piezas como ‘Lost my drivin’ wheel’ revivieran todo el músculo y la chispa de los mejores Byrds. Aquellos que fueron, y siempre serán, puritita gloria.

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