Sade era, fue, un milagro inimaginable. ¿De dónde había aparecido aquella mujer espigada, hermosa, intrigante y profundamente exótica? Casi ningún oyente medio sabía nada en términos musicales sobre Nigeria cuando en 1984 irrumpió en las radiofórmulas Your love is king y, apenas unos meses después, la ya imparable Smooth operator. Sade Adu nos dejó atónitos: la elegancia y la seducción, siempre con tacto sedoso, eran eso. Pero aún más conmovedor resultó comprobar que en apenas un año aquella mujer hasta entonces desconocida ponía ya en circulación un segundo álbum. Más extenso y cadencioso, más profundo. En teoría, con menos posibilidades aún de conquistar las listas de éxitos. Y qué va: sucumbimos. Incluso ahora, tanto tiempo después, emociona pensar que todo aquello fuera posible.

 

Una mujer magnética, embriagadora; receptora de todas las miradas y admiraciones cuando no conocíamos el significado de la paridad y nadie había escrito ni pronunciado términos como lideresa o empoderamiento. Sade Adu había trabajado como modelo y diseñadora de moda antes de descubrir su enorme potencial como cantante y compositora. Hoy se la consideraría un exponente de música adulta y sin un ápice de potencial comercial, pero entonces se volvió un imán de seducción irresistible. Incluso aunque este segundo elepé acentuase el barniz jazzístico y rebajara el ritmo del metrónomo: más allá de la suntuosidad r’n’b de Never as good as the first time, casi todo Promise transcurría al ralentí. Hasta la apertura de Is it a crime?, pura sofisticación noctámbula, sobrepasaba con holgura los seis minutos. Igual que el tercer corte, el también embriagador y sosegadísimo War of the hearts.

 

Buena parte de la culpa le corresponde a Robin Millar, productor de estos dos primeros elepés y dotado por entonces de una varita mágica tras la mesa de mezclas que, en realidad, nunca le ha abandonado: Everything But The Girl, Fine Young Cannibals, Working Week y hasta la escritura de The best, el megaéxito de Tina Turner. Él supo acentuar el enigma y sublimar la belleza del terciopelo. Encontró un baluarte en The sweetest taboo, que casi se podía bailar y tararear, pero luego reculó hacia el jazz con el rotundo saxo de You’re not the man y sacó todo el provecho a baladones con poso, en particular Jezebel o Tar baby.

 

Puede que nos hubiésemos podido ahorrar el instrumental Punch drunk, que no aporta otra cosa que hilo musical, pero Promise era adorable hasta en el insólito Fear, el tema de corte más etéreo y ambiental, con un estribillo… ¡en castellano! Cosas de la que acabaría siendo esposa de un director de cine español, Carlos Scola, y que tras su boda se trasladaría a vivir a Madrid, allá por 1989. Los discos se espaciarían cada vez más hasta convertirse en posibilidades remotas, pero la emoción de aquellos momentos primigenios fue indiscutible.

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