Bajemos la voz: esta es cosa trascendente. Atenuemos las luces, apaguemos los dispositivos accesorios, dediquémonos a la cosa sustancial. Silencio, se trova. Y es el mismísimo Silvio, imponente y autosuficiente a lo largo de 41 minutos esenciales, quien nos proporciona razón y argumento. Impresiona su estado de forma, en todas las facetas: cantante, guitarrista, autor. Las 13 canciones que aquí se nos entregan son de hornada muy reciente, por más que tres de ellas ya se hubieran difundido, aquí y allá, de manera puntual. Y, en contra de lo que pudiera inferirse del título, hay una cierta urgencia en la difusión de este material, que tiene mucho de trabajo artesanal, casero. No necesita respaldo Silvio para dar cuenta de sus más frescas páginas, resueltas en formato de voz y guitarra, si acaso con algún bajo y segunda voz que él mismo registra frente a la mesa de mezclas.

 

Habían transcurrido cinco prudenciales años desde Amoríos, un trabajo de aproximación radicalmente distinta y ropajes mucho más opulentos. Pero ronda aquí la congoja y la incertidumbre existencial, agudizada por estos meses de pesadilla. Más aún para esa generación que luchó a brazo partido por todos nosotros y se encontró con esta maldición funesta: Rodríguez dedica este trabajo a siete grandes cómplices caídos durante los meses de pandemia, entre ellos Marcos Mundstock (Les Luthiers), el escritor Luis Sepúlveda o nuestro Luis Eduardo Aute. Ojalá en el hilo musical del más allá suene Si Lucifer volviera al paraíso. 

 

“Tic y tac, tic y tac del reloj…”, repite como en un mantra el más ilustre exponente de aquella Nueva Trova, hoy herido ante las pérdidas y el aliento tétrico de nuestros crueles destinos biológicos. Se le nota huérfano sin Aute, a quien le cantaba Noche sin fin y mar durante la convalecencia en La Habana, que abrió los ojos tras la larga ausencia al calor de aquellos acordes. No es metáfora, bien se ve, el valor terapéutico de este hombre, capaz de ponerle “música al aguacero” (Danzón para la espera), de elevar las palabras sin renunciar a su particular timbre agudo y a media voz. De ahí la emoción, contenida al principio y finalmente desbordada, que representan Después de vivirPágina final, doble epílogo tras el que solo podemos desear nuevas páginas.

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