¿Un disco de flamenco en euskera? La idea puede parecer estrambótica, pero, por suerte, cada vez son más los músicos jóvenes que no se dejan llevar por apriorismos. Muy al contrario, en el caso de Jonatan Camacho, que para el segundo disco del quinteto ha redoblado la apuesta y convoca a una nutrida nómina de invitados. Y entre unos y otros, evidentemente, agudizan la sensación de disparidad, diversidad y sorpresa. O, si se quiere, pintoresquismo. Pero ¿quién dijo que todas las normas estuvieran ya escritas?

 

La acogida de la propuesta en Euskadi está siendo, por lo pronto, espectacular, y nada impide que el fenómeno salte de fase y se expanda, feliz y libre, por otros territorios. Porque su libertad es, de hecho, el principal activo de esta formación. Más allá de la sorpresa inicial que pueda sugerir la fonética vasca en un contexto jondo, Camacho es dueño de una voz dulce, dúctil, agraciada desde su naturalidad. Adjetivos que encajan muy bien con el caso de María Berasarte, protagonista de un afortunado dúo para Oye, no es manera de decir adiós: el clásico de Leonard Cohen, nuevamente teñido de modismos flamencos, aunque sea desde una perspectiva guipuzcoana por partida doble. Y con el piano de Iñaki Salvador agregando en el último tramo una profundidad jazzística.

 

Tanto esa rendición como Se llevaba llevar por ti, de la mano de sus recreadores originales (Ketama, a partir del original de Antonio Vega), son los capítulos más agradecidos e instantáneos; en este último caso, además, con el guiño añadido de escuchar al bueno de Antonio Carmona apañándoselas con el euskera. Pero más allá de estos encantos evidentes surgen otras intersecciones difíciles de catalogar: la irrupción telúrica de la txalaparta para la casi experimental de Utrerako espetxea, la descarga salsera en Rumba txikitita (el mismo título ya es elocuente), la serenidad terruñera de Viejo castillo (una de las composiciones propias) o la incursión orquestal para El sueño, entre nuevos repiqueteos de los txalapartaris sobre el roble. No es sencillo encontrar un lenguaje propio y distinguible, y Sonakay supera prejuicios y fronteras invisibles para formular el suyo. Nada que objetar y mucho de lo que tomar nota. 

 

 

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