La primera vez que la aguja del tocadiscos se posó en el salón sobre los surcos de Music from Big Pink y el órgano celestial de Tears of rage brotó de los altavoces, me pareció sentir como si el suelo del barrio entero se abriera por la mitad. Aquella banda de nombre absurdo (¿The Band? ¿En serio?) era fabulosa, y no digamos ya las dimensiones estratosféricas de un debut bendecido al calor de Dylan y con cinco artífices a los que parecían haber señalado simultáneamente todos los dioses del rock, el r&b y las músicas de raíz. Es evidente que no hay manera de superar aquel trabajo, salvo que estableciéramos la reñidísima disputa con su sucesor, el homónimo The Band, pero el teórico sambenito de obra menor que siempre se le endosó a este cuarto álbum de los canadienses no hizo sino acentuar mi simpatía por un disco que siempre encontré adorable. Quizá porque no se puede disimular el entusiasmo si el tema de partida es Life is a carnival, festín agrandado por los metales que dispuso el ilustre Allen Toussaint; o porque asistir al debut discográfico de When I paint my masterpiece, cortesía del señor Zimmerman, no acontece a diario. Tampoco he sido jamás capaz de resistirme a la tentación de 4% Pantomime, título pintoresco que propiciaba un duelo encantador entre Richard Manuel y Van Morrison. Y a partir de ahí, nos llega la oportunidad de retomarle el pulso a esta joya a veces ninguneada: The moon struck one, tan encantadoramente cinematográfica, está a la altura de los títulos más reconocidos de Robbie Robertson, mientras que Last of the blacksmiths es, a buen seguro, la pieza más extraña e intrigante en toda la discografía del quinteto. Y podría alimentarme el resto del día solo con una ración de Smoke signal, justo la canción donde se mencionaba ese término, “cahoots” (“socios”), que acabaría sirviendo como título global. No lo dudemos: el tiempo le sienta endemoniadamente bien a uno de los raros ejemplos en que la historia no había sido buena y generosa con The Band.

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