Los apellidos suelen ser motivo de legítimo orgullo, pero en ocasiones también equivalen al peso de una losa descomunal. Es inevitable pensar en Jakob Dylan en términos de genética, puesto que a él le corresponde una parte del ADN aportado por su ilustrísimo progenitor, quizá el cantautor más grande de la historia y el único que, además de medio centenar de álbumes, puede acreditar un Nobel de Literatura en su currículo. Por eso lo mejor que podemos hacer con The Wallflowers es disfrutarlos como “la banda de Jakob”, sin el apellido. Porque el muchacho que se nos muestra en el libreto, en versión física agraciada de papá, acredita suficientes excelencias por sí mismo sin necesidad de recurrir al álbum genealógico.

 

Lo mejor de Dylan Jr. es que en casi ningún momento remite a la obra del hombre con quien comparte filiación. Los Wallflowers estallaron como una magnífica y rocosa formación de rock guitarrero americano, por el cauce de la canción de autor eléctrica de toda la vida (Springsteen, Petty, Mellencamp) en un momento en que ese sonido gozaba de enormes y renovadas simpatías: ahí estaban Counting Crows o Hootie and the Blowfish, incluso Pearl Jam desde una perspectiva más acerada. Nuestras Flores de Pared ya habían asomado la nariz en 1992 con un debut homónimo, pero esta prolongación llegaba infinitamente más lejos en materia de inspiración, rotundidad y diversidad. Y, de paso, hacía trizas el viejo tópico roquero del siempre-difícil-segundo-disco. Este era felicísimo, fruto orgulloso y evidente de 26 años muy consciente de sus grandes posibilidades.

 

Solo uno de los músicos en la banda original del 92, el teclista Rami Jaffee, permanecía a bordo para el gran estallido de esta segunda entrega. La voz ligeramente rasposa y el vigor de guitarras y teclados conectaban de manera muy evidente con Tom Petty, aunque la presencia de un productor como el ilustre T-Bone Burnett sí puede parecer un guiño más directo a los grandes amigos de la familia. El vigor es fabuloso en The differenceLaughing out loud, el tono más íntimo y sereno se reserva para los títulos con nombres femeninos (Josephine, el excelente Three Marlenas) y el caramelo para las radios independientes era 6th Avenue heartache, sensacional. Aunque los mayores parabienes (Grammy incluido) se los acabó llevando el primero de los cortes, One headlight, de sonido más ecléctico e ingenioso, con el bajo al galope y las teclas pidiendo su buena cuota de protagonismo.

 

Llegaría algún otro disco excelente (Breach, 2000), aunque la figura de Jakob, con banda o en solitario, se haya ido desdibujando. Una genealogía menos trascendental, paradójicamente, quizá le hubiera venido bien.

 

 

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