Iba siendo hora ya, a la altura de su cuarto disco, de que Alberto Palacios Anaut se animase a abrazar su lengua materna, superado al fin el vértigo de prescindir del inglés. El excelente cantante, compositor y guitarrista madrileño, formado en el conservatorio de Ámsterdam y codiciado como profesor de docenas de jóvenes promesas desde las aulas de la Escuela de Música Creativa de la capital, ha tardado casi siete años en concederle un heredero a Hello there (2018), y la evolución lingüística puede que tenga bastante que ver en la demora. Pero no solo eso, porque también el lenguaje sonoro experimenta aquí una enérgica reformulación y se escora muy evidentemente hacia el rock en detrimento de esa herencia del gran soul que latía desde el primero de los álbumes, aquel 140 con el que le tomamos la matrícula allá por 2013.
Por seguir dando validez a aquello de la cabra y el monte, los ídolos negros de Anaut siguen presentes en pinceladas y demás latencias por allá y por aquí. Y quedan explicitados en el hecho de que la única versión del álbum sea La carta, una adaptación al castellano de aquella Strawberry letter 23 de Shuggie Otis (1971), una de las debilidades manifiestas y más recurrentes de nuestro protagonista. Pero Alberto ha pasado de pantalla, de eso no cabe duda, e incluso la formación básica de trío (con Gabri Casanova en todo tipo de teclas y Javi Skunk atendiendo a la batería y las percusiones) refrenda su búsqueda de un sonido esencial, crudo y musculoso. Nada deslavazado, pero sí contundente. Una tarea de la que sale bien parado, porque le sobra voz arrastrada (colóquenlo cerca de la estantería de Litus o Carlos Tarque) y cultura musical como para interiorizar estilos y modales, e incluso sonar en ocasiones más sureño que netamente ibérico.
En toda esta reencarnación, la estilística y la filológica, tampoco le podemos restar importancia a la aventura paralela de Combo Paradiso, esa especie de travesura de la máxima solvencia que comparte junto a otros tres músicos grandes y experimentados, Juan Zelada, Adrián Costa y Julián Maeso. Con ellos seguro que amoldó el oído al castellano, un tránsito del que sale airoso más allá de que exista margen de mejora en algunos de los textos, algo planos, vagos y evidentes. Pero acierta de pleno, en fondo y forma, con la excelente El barco, un tema perdurable con la voz amiga de la siempre estupenda Anni B Sweet en torno al terrible drama de los cayucos. Evidencia pegada y mordiente con Lejos de aquí, una muy buena elección como tema inaugural. Y sorprende hasta casi desconcertarnos con esa miniatura etérea titulada La felicidad.
En esa búsqueda que vuelve más variado y heterodoxo que nunca este cuarto álbum hay un par de ejemplos, de entre sus 13 títulos, en que no tenemos que pensar en clave idiomática. Más que nada porque son piezas instrumentales y las únicas letras son las de sus títulos. Una, estupenda, es La mazorca, pero aún más brillante se nos antoja El duque, que encontraría buen acomodo haciéndole compañía a las imágenes de un Wim Wenders o un Jim Jarmusch, puestos a apuntar alto. En una faceta o en otra, en cualquier idioma o incluso en ninguno, qué necesario sería prestarle más atención a artistas como Anaut. Ojalá su explícita condición de Perro verde no le impida amplificar, muy merecidamente, su discurso.
Sin duda uno de los mejores discos de este año, con una de las voces y músicas más características del panorama musical. Si se me notara que soy muy fan de Alberto, Gabri y Javi, he de decir que así es desde que publicaron 140 y, mucho más aún, cuando los he podido gozar en sus directos impecables. Larga vida a Anaut.
¡Haces bien en ser muy fan!