La historia de Anjimile Chithambo es tan compleja, accidentada y difícil que cualquier lector la encontraría inverosímil en las páginas de un libro, pero lo probable es que sus exiguos 33 años merecieran ya la consideración de una vida de novela. Nacida en el seno de una familia de inmigrantes de Malaui, creció en las calles de Dallas (Texas) bajo el signo del racismo y la homofobia, sufrió todas las formas imaginables de acoso y rechazo, se refugió en el alcohol hasta precisar de ingreso en una clínica de rehabilitación y, al comprender ya de veinteañera su condición de persona transgénero, emprendió la transición para tener que lidiar con una nueva formulación del odio, la de la transfobia.

Todo ello habría minado a cualquiera, y los vaivenes emocionales de Chithambo (con el lastre de unos padres presbiterianos que nunca entendieron ni aceptaron nada) son reflejo de una existencia cotidiana en absoluto sosegada ni sencilla, pero la escritura de canciones empezó desde la adolescencia a servir como ejercicio de sanación. Y de todo ese doloroso e impactante caldo de cultivo emocional proviene el talento enorme de un artista trans no binario, catalizador de una sensibilidad contenida, ambigua y transformadora; dueño de una voz tierna, sosegada y calurosa.

Anjimile se vuelve inescrutable en las catalogaciones, empezando por el hecho de que es difícil delimitar el timbre que emana de su garganta. Pero aunque hay heridas aún que supuran en estas canciones, el tono general es de sosiego y reconciliación con el mundo y, en última instancia, también con la primera persona del singular. Frente a la furia, la militancia y la conciencia social que emanaba de The king (2020), este creador ahora afincado en Carolina del Norte apuesta por el arrullo acústico y un sonido que a veces queda a un paso de Iron & Wine y muy a menudo parece seguir la estela del divino Sufjan Stevens; como si a Angelo de Augustine, el gran discípulo del autor de Illinois,le hubiera surgido una cualificadísima competidora.

Incluso el latido imperecedero de Elliott Smith puede intuirse o esbozarse en muchos de los arpegiados de guitarra acústica que nos acompañan durante estos 34 minutos, pero aquí ya no queda escozor o rencor, sino celebración reivindicativa de uno mismo, con la identidad y la singularidad irrepetibles de cada cual. “Cuando era una pequeña niña quería ser libre. Cuando era un niño pequeño quería ser real”, musita Anjimile, para acabar de desarmarnos, en la conmovedora pero a la vez serena Waits for me. Porque la luz prevalece en este cancionero que, de hecho, deja espacio a las páginas indisimuladas al amor (The store, Rust & wire) y que, en el caso de la palpitante Like you really mean it, con sus cálidos sintetizadores, se convierte en pop con sus tres letras bien grandes y mayúsculas. Y la producción del mago Brad Cook (Waxahatchee, Nathaniel Rateliff, Hurray for the Riff Raff…) hace el resto.

“Hay algo, como un nuevo ser, que está creciendo dentro de mí”, resume Anjimile en You’re free to go, el esclarecedor corte titular de este tercer álbum. Qué bien disfrutar de su arte y su personalidad tal y como es, sin cortapisas. La libertad sí era esto.

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