Hay discos que asoman como una revelación. Cuando y por donde menos se los espera. Son un destello inopinado, un haz de luz en mitad del desconcertante territorio de neblinas por el que deambulamos tantas veces. Pa es uno de ellos. Y no abundan, así que regálense un escucha intensiva y pormenorizada. Desde la polifonía vocal de la breve y lindísima pieza introductoria, Ses porgueres, que podría pasar por una canción de cuna, queda claro que se avecina un trabajo de compromiso con la tierra, la herencia y esa hermosura clarividente que lleva mucho tiempo ya brotando en las orillas mediterráneas.

A sus 33 años, la menorquina Anna Ferrer ha querido concebir su cuarto trabajo como una obra temática en torno a un argumento inesperado: el pan. Contaba para ello con una motivación poderosa, la de las cuatro generaciones de panaderos, ¡cuatro!, que la contemplan desde la rama familiar paterna. El alimento básico por antonomasia se convierte así en eso mismo, en símbolo de sustancia y de esencia. Y, de paso, en amor por la raíz y el legado. Pa es, como el pan, un trabajo de apariencia sencilla, terruñera y humilde, pero con una vigencia que se sabe más allá de modas, vaivenes, fogonazos y trampantojos sonoros. Porque estas canciones conservarán sus virtudes, y sus nutrientes y aportes calóricos, así pasen todos los años que tengan que pasar.

Todo ese amor por lo natural conduce a Ferrer a registrar ambientes y repiqueteos de los artilugios para amasar en el obrador familiar, en ese Es Llonguet que entran ganas de visitar desde ya mismo a poco que nos asomemos por las calles de Maó. Anna parte de un esqueleto mínimo y límpido de voz y guitarra, y a partir de él aporta segundas voces y cuatro manos amigas en las que confiar para el reparto de esta manufactura. Manos experientadas y acreditadas, puesto que hablamos de Toni Llull, habitual de Guitarricadelafuente, y de Pol Batlle, guitarrista y pareja de Rita Payés.

Ferrer lo compone casi todo, aunque partiendo de las enseñanzas de los antepasados, como sucede con las hogazas que salen a diario del horno de Es Llonguer. El pan, dice ella, se convierte así en “símbolo de resistencia”. E inspira títulos como Todas las masas, con un par de versos que casi sirven como resumen o leit motiv de la obra, “Hay que dejarla que se relaje / para poderla estirar”. Hay apelaciones a títulos tradicionales en la preciosa Yeri yeri, una canción popular armenia que relata la elaboración del pan nacional, el lavash; y en la no menos hermosa Son tus manos las primeras (“Dame pan y dame vino / y yo te daré la mano”). Pero Anna es sorprendente hasta desde la coherencia de Yo quiero ser una vaca: “Yo quiero ser una vaca / y parir viendo la luna”. Y conmovedora en el dolor de Iaia, la lucidez de No ven más cien ojos o, esta sí, el canto para los infantes de Nana des forner.

Quienes se hayan emocionado con jóvenes mujeres mediterráneas como la mencionada Payés o la más ilustre de todas ellas, Sílvia Pérez Cruz, deben dirigir con urgencia la mirada a Ferrer y concederse una ración generosa de su música. Que nadie tema esta vez a los hidratos: Pa bien merece mucho más que un currusco.

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