Puede que la presentación de esta nueva entrega del jiennense Antonio Hernando tenga algo de jeroglífico, pero su responsable no ha querido ponérnoslo demasiado difícil. Porque el «laurel» del título, más allá de las propiedades aromáticas de la planta (que también), solo puede representar un guiño a aquel Laurel Canyon angelino que propició hace ya más de cinco décadas la mayor concentración de talento que ha conocido la música popular en la Costa Oeste. Y, a poco que reparemos en la imagen de portada, caeremos en la cuenta de que el trovador que nos mira desde la hojarasca no ha querido prescindir de un vinilo de The Band y otro de The Byrds, por más que ambas carátulas, esparcidas por el suelo, aparezcan ligeramente difuminadas.
Por ahí van los tiros, en efecto. Antonio sigue asomando la cabeza por los territorios del rock de autor con un álbum que refrenda su buen tino, encanto, sensibilidad y formación solidísima, aunque ya es más dudoso que le permita salir de esa condición de tesoro bien guardado para evolucionar hacia un (merecido) mayor grado de difusión y popularidad. Todo se andará, aunque el panorama sonoro y estructural solo puedan alimentar la cautela y el escepticismo. En cualquier caso, Empiria y laurel (un título algo bienintencionado pero algo rebuscado, por cierto) es un catálogo afable de grandes composiciones clásicas, una puesta al día ibérica de las enseñanzas que dictaron hace ya más de medio siglo los grandes guardianes del saber. Comenzando por Dylan, cuyo Hurricane se evoca de manera palmaria en Saturno devorado hasta que caemos en la cuenta, repasando los créditos, que ese violín ¡corresponde a la mismísima Scarlet Rivera!
Puede que el propio Hernando también ejerza de escéptico, a juzgar por su decisión de cerrar el trabajo con la ácida El desastre, donde ordena con tanto tino como amargura una instantánea lúcida del momento presente: «Volvió a ganar el cobarde, volvió a morir la ilusión / Reinó de nuevo el culpable; perdió, cómo no, la razón». El desaliento de la poesía del Siglo de Oro alimenta las reflexiones de un autor lo suficientemente válido en la parte literaria como para permitirse una ingeniosa digresión psicodélica en toda regla (Lisérgico síndrome disidente, con las percusiones indias del gran Tino di Geraldo), pero también para salir airoso en un par de cortes dedicados a su pequeñajo, muy apreciables pese a que el exceso de melaza siempre sea un peligro inherente al género paternofilial. No es el caso: Todo nuevo bajo el sol aporta el aire grácil de banjos y mandolinas (Hendrik Röver, de Los Del Tonos, también es un aliado de la causa), mientras que Simón puede que sea aún más tarareable y aporta un verso bien afortunado y nada arquetípico, ese de «Simón, has vuelto hormiga a esta cigarra».
Antonio vuelve a recurrir a los servicios de un productor de la vieja guardia, el gran Miguel Herrero, que toca de todo y aporta ese esmero característico al sonido desde su cuartel general asturiano. Hay en su obra algo de ese mismo aliento sincero, cercano y cotidiano que tanto bien le hace a Rubén Pozo, otro artista menos reconocido en solitario de lo que debiera. Lo de que los tiempos no sean propicios para la lírica es una constante recurrente, pero no perdamos la fe. Porque «Ninguna herida sangra eternamente, lo sé», como avisa Material sensible, resumen perfecto de quién habita en los surcos de este vinilo artesanal y enormemente meritorio.
No sabría hacer un análisis como este, no tengo tantos conocimientos, simplemente disfruto del arte. Con sus «30 aullidos» me conquistó, pero este trabajo compila elegantemente esas raíces rocieras que muchos tenemos dentro. Si se puede pedir algo a los Reyes el 15 de Enero, que nadie pierda la oportunidad de escucharlo. Un placer.
Que no dejen de trabajar los Reyes durante todo el año si es para traernos regalos así 🙂 Gracias sinceras por escribir, Ramón