William John Evans no era ningún artista primerizo ni líder pianístico de nuevo cuño cuando para estrenar la década de los sesenta decidió elevar el vuelo por cuenta propia en compañía de dos veinteañeros prodigiosos, su paisano de Nueva Jersey Scott LaFaro al contrabajo y el batería de Filadelfia Paul Motian. La alianza solo pudo prolongarse a lo largo de dos álbumes, Portrait in jazz (1960) y Explorations (1961), porque aquella química explosiva a tres bandas, equilibrada e igualitaria cual triángulo equilátero hasta extremos desconocidos en la infinita historia de los tríos jazzísticos, se vio truncada de manera terrible aquel 6 de julio de 1961 en el que LaFaro perdía la vida en un accidente de automóvil. Pero puede que nunca en toda la historia musical y jazzística del siglo XX una aventura tan efímera haya dejado una huella tan honda, influyente y esencial como la de este triplete de luminarias empeñado en practicar un hechizo sonoro ante el que cuesta sustraerse a la sensación de pérdida de gravedad: el resultado de aquellas sesiones con sesenta y tantos años hoy a sus espaldas sirvió de ejemplo y guía a casi todos los grandes de las 88 teclas que hemos conocido desde entonces, de Herbie Hancock a Chick Corea, con escalas evidentes en Keith Jarrett y, claro, el último gran faro: Brad Mehldau.
La triple caja antológica que el sello Craft nos propone ahora recupera los 17 cortes originales de aquellos dos elepés imperecederos, ahora más refulgentes aún de lo que los recordábamos gracias a la meticulosa remasterización de Paul Blakemore, un ingeniero venerado y avalado por un Grammy (Dear Diz, de Arturo Sandoval, en 2012) y otras siete nominaciones al icónico gramófono de la Academia. Pero el lote aporta 26 descartes y tomas alternativas adicionales de aquellas sesiones imborrables, con el atractivo de que 17 de los cortes no habían visto jamás la luz. Se trata de una golosina para completistas, sin duda, porque los oyentes más ocasionales no disfrutarán tanto de la experiencia de escuchar dos y hasta tres lecturas diferentes de los mismos cortes publicados en su momento, y más aún si partimos de la base de que las modificaciones entre toma y toma rara vez pueden considerarse sustanciales. Pero la sensación de colarnos en un momento tan significativo para la evolución sonora del siglo pasado es emocionantísima, igual que la de imaginar las dudas y discusiones que Evans y su productor, Orrin Keepnews, mantendrían para decidir cuál de entre varias lecturas memorables escogían y bendecían para la posteridad.
Evans, natural de la pequeña ciudad de Plainfield (NJ), acababa de cumplir la treintena cuando, tras haberse incorporado al sexteto de Miles Davis y participar de manera destacadísima en Kind of blue (1959), una de las obras más incontestables del siglo XX, decidió volar por su cuenta e impartir unas cuantas lecciones más con las que dejar un canon indeleble en el devenir sonoro de nuestras vidas. Le contemplaban ya cuatro álbumes en solitario, pero la entente con Scott y Paul llevó la alianza entre piano, contrabajo y batería a unos parámetros desconocidos hasta ese momento y determinantes a partir de entonces. Por vez primera, el trío no se concebía en formato isósceles, con el piano en la cúspide y sus dos acompañantes apuntalándolo, sino que asumía una condición igualitaria y permitía que los tres vértices adquiriesen un peso específico similar. La música se convierte en tridimensional con Portrait in jazz (1960), aquellas nueve piezas entre las que varios standards, desde Come rain or come shine a Witchcraft, adquieren hechuras poco menos que definitivas, y donde Someday my prince will come antecede a la famosísima versión que Miles colocaría en circulación un año más tarde.
Escoger entre Portrait in jazz y Explorations es una disyuntiva envenenada y hasta puede que irresoluble. El aficionado suele señalar al primero como la opción más irresistible y los estudiosos tienden a pensar que la fórmula aún había alcanzado un punto mayor de evolución con el segundo, donde asistimos a las reelaboraciones fabulosas de páginas de Davis como Israel o Nardis. En realidad, y puesto que la música permite no tener que tomar bifurcaciones como en la vida, la caja Haunted heart nos permite adentrarnos y ensimismarnos en aquellos ambientes extáticos durante tres horas y media, una experiencia que a posteriori podemos enriquecer añadiendo los dos trabajos que el trío tuvo tiempo de registrar en directo, los no menos maravillosos Waltz for Debby (1962) y Sunday at the Village Vanguard (1961).
Que nadie deje de prestar atención a los dos originales de Evans para Portrait in jazz, tanto la tierna rendición a su novia de entonces, Peri’s scope como la versión de aquel Blue in green que el pianista había pergeñado junto a Davis para Kind of blue. Y tampoco perdamos de vista que dos de los cortes adicionales no son versiones de los temas de Portrait in jazz ni Explorations, sino sendas curiosidades muy golosas: una primera toma de contacto con Walking up, una pieza a la que Bill acabaría dando salida en su siguiente elepé (How my heart sings!, de 1962), y un juguetón divertimento en torno a The boy next door, melodía proveniente de un musical de los años cuarenta, Meet me in St. Louis. Por lo demás, el lote se redondea con dos textos valiosísimos: una pequeña introducción sentimental (y muy sentida) a cargo de John Densmore, pocos años más tarde llamado también a hacer historia como batería de The Doors; y un ensayo del sabio jazzístico Eugene Holley Jr., firma habitual en DownBeat, entre otras publicaciones.
Que nadie le tenga miedo, en cualquier caso, al juego de las versiones sobre las versiones. Prueben con las dos tomas inéditas y alternativas de Witchcraft, por ejemplo, y verán cuántas sutiles y deliciosas variantes van disparándose, como un chisporroteo feliz, en las intersecciones entre Evans y LaFaro. ¿Qué habría sucedido si aquel mago de la contramelodía no se hubiera matado con solo 25 años?
Con permiso de otros doscientos o trescientos pianistas maravillosos, Bill Evans ha sido para varias generaciones el máximo exponente del romanticismo con causa, de la precisión, del menos es más. Como un Henry Fonda del teclado siempre transmitía emociones a partir de una economía encomiable.
Su trío con Scott LaFaro y Paul Motian es el trío por antonomasia, la última palabra. Como Bach, no se puede igualar ni mejorar. Nunca olvidaré su memorable actuación en el Balboa Jazz de Madrid, meses antes de morir. Bill Evans me acompaña desde hace cincuenta años y le estaré siempre eternamente agradecido.
Uf, qué comentario tan lindo. Y qué bonita la mención a Henry Fonda. Muy fan