“Tienes la sensación de que todo es posible cuando no sabes ni una mierda de nada y eres joven y novato”. Lo advierte el propio Bruce Randall Hornsby, a unos cuantos años luz de la autocomplacencia, en el corte que sirve para inaugurar y conceder título a su vigésimo primer álbum, un trabajo que además sirve para celebrar el 40 aniversario exacto de The way it is (1986), su debut discográfico y el mayor de sus éxitos. Y sí, claro que hay mirada al pasado en esas líneas y en los acordes de Indigo park, canción fabulosa de quien hace balance no para trazar un autorretrato necesariamente favorecedor, sino para seguir mirando al frente incluso desde el vértigo de los 71 años que hoy le contemplan.

Porque Indigo park es el trabajo de un hombre con bagaje, quién lo duda, pero también la reivindicación de una vigencia plena y la demostración de que Hornsby atesora imaginación y recursos para poder sonar rabiosamente contemporáneo. Lo evidencia el crepitar nervioso y excitante de Memory palace, donde comparte protagonismo con el neoyorquino Ezra Koenig, cantante, líder y compositor de Vampire Weekend, una de las bandas más innovadoras del siglo XXI, y que ha asumido el nombre de Hornsby como una de sus grandes inspiraciones a la hora de escribir canciones rítmicas no convencionales. Koenig tiene 42 años y podría ser el hijo de nuestro protagonista, pero Bruce Randall también lleva por territorios poco ortodoxos a su vieja amiga Bonnie Raitt (76 primaveras), mito eterno del blues y la música de raíz que se ve envuelta en la nerviosa, sobresaltada y extrañamente adictiva Ecstatic, uno de los estribillos más raros y adorables del año.

Hay muchos trienios de cotización y mucha más sabiduría acumulada aún en la obra de este hijo de familia acomodada –el padre de Hornsby era agente inmobiliario– que creció con un piano Steinway en el salón de su casa pero que no se sentó frente a él hasta los 17 años. A partir de aquel feliz hallazgo, Indigo park es el último ejemplo palmario de que le ha cundido el tiempo. Y sobre eso mismo, sobre el devenir vital, habla mucho un trabajo que no deja de ser sesudo y filosófico (solo así podría escribirse una pieza titulada Entropy here: rust in peace), que denota una sabiduría musical nada común en el entorno del pop (las fugas de Shostakovich asoman por la endiablada y bellísima melodía de Silhouette shadows) y que termina brindando por la amistad y las cosas importantes en la entrañable Might as well be me, Florinda, pieza empapada de Nueva Orleáns que ha terminado siendo el canto del cisne de su amigo Bob Weir (Grateful Dead), al que escuchamos cantar con voz desgastada y hermosa, y que nos dejó el pasado mes de enero.

“No hay futuro ni hay pasado. Nada de lo que vemos perdurará”, resume Bruce Hornsby en la cósmica y crepuscular Sliver of time, tan bella en su tristeza. Belleza triste; eso es, por ahí van los tiros.

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