Con el tiempo terminaremos recordando todo lo relacionado con el colectivo Big Thief como uno de los episodios más luminosos y esperanzadores para unos tiempos, estos novoseculares años veinte, que en lo musical no parecen tener nada de felices. Mientras el cuarteto de Brooklyn no baja el pistón y muy pocos meses atrás volvía a conmocionarnos con un álbum hermosísimo, el etéreo y casi cósmico Double infinity, el guitarrista Buck Meek tampoco descuida su producción solista y encuentra hueco para este cuarto álbum con el que se postula, ya sin rodeos, como un apóstol del country-rock y el americana en su formulación más contemporánea. Si Neil Young pudiera sacudirse del DNI algo más de la mitad de sus ilustres y recién adquiridos 80 años, sonaría de una manera muy parecida a como lo hace este Espejo sensacional ante el que ahora nos asomamos.
Buck nació en Texas, así que conjuga en su personalidad artística esa doble filiación entre el arraigo a las viejas esencias campestres y el cosmopolitismo que siempre aporta el código postal neoyorquino. Y eso acaba traduciéndose en un cancionero de mágica atemporalidad, 11 canciones que no suenan nostálgicas ni aferradas a la vieja escuela pero que podrían sostenerle el pulso al Young de Harvest y Comes a time y, por derivación, también a lo más sensacional del repertorio sesentero de Buffalo Springfield. Meek canta como quien maúlla, con una voz que suena a cantinela y a letanía desde que Gasoline prende la mecha en el primer minuto del viaje. El suyo es un deje vagamente dylanita, casi un ejercicio de prosodia a la manera de Woody Guthrie, que solo dos cortes más tarde desemboca en la ternura sensacional de Can I mend it?, acaso la canción más adictiva que este milenial de 1987 ha deslizado en todo su catálogo.
La voz tierna, incluso cándida, de Meek contribuye a forjar un carácter de antihéroe cotidiano, de hombre razonablemente calamitoso en materia de amores y afectos al que, pese a sus traspiés, no podemos negarle ni el beneficio de la duda ni la indulgencia de las segundas y las terceras oportunidades. The mirror es un espejo crudo y sincero, sin artificios, en el que las mejores esencias de la vieja escuela del country-rock prevalecen sobre los tenues garabatos electrónicos que aporta la producción de James Krivchenia, el batería de Big Thief y otro geniecillo –¡cómo no!– del arte polifacético. Krivchenia introduce sutiles distorsiones (Demon, Worms) y texturas perturbadoras, pero con la hábil cautela de quien no quiere desviar nuestra atención sobre lo sustancial: la canción –música y letra, guitarra y melodía, alma e intuición– como epicentro de todo.
El de Texas exhibe una mano buenísima tanto para el flanco acústico como para el eléctrico, invita a su gloriosa jefa de filas Adrianne Lenker para las segundas voces (en Outta body o Demons, de hecho compuesta a medias entre los dos) y se permite el gustazo de convocar también a la ilustre Jolie Holland, cantante con The Be Good Tanyas, o al fabuloso productor y sintesista Adrian Olsen (Dan Croll, Lucy Dacus, Natalie Prass… ¡y hasta aquel Pressure machine de The Killers!). Al final, The mirror adquiere la condición de microcosmos, ejerce como espacio seguro frente a todo el ruido y la inmundicia que se nos agolpa allá afuera. Menos mal.