No busquen ninguna de las canciones de Nuca en Spotify: la firmante ha decidido retirar todo su repertorio de la más extendida de las plataformas de streaming, en protesta por la política rácana de retribución a los artistas que aplica la empresa sueca. Es el gesto más llamativo de rebeldía que exterioriza Clara Peya a la altura de su ¡decimoquinto! trabajo discográfico, pero no, en último extremo, el más relevante. Porque Nuca es una obra a contracorriente en casi todo lo que le concierne, comenzando por una extensión (16 canciones originales) muy superior a la que se estila en estos tiempos de consumos acelerados, compulsivos y efímeros. Y eso es lo más revolucionario en esta entrega: invitar al oyente a que detenga el tiempo, se abstraiga de todo ese inmenso ruido exterior y se conceda 55 minutos para el reencuentro interior con uno mismo y con el disfrute consciente y pausado de una obra realmente emotiva y bella.

En esa suerte de sublevación contra las convenciones, la pianista y compositora gerundense oculta el nombre y título en portada hasta hacerlos casi ilocalizables e invisibles; rinde homenaje a una parte de la fisonomía humana en la que nuca parece detenerse nadie (la nuca se erige en metáfora de cómo hemos de girar el cuello para reparar en el otro, en la importancia de la complicidad, la interacción, la soledad en compañía) y decide entregar la voz cantante de cada canción a 16 intérpretes distintos, por lo que la unidad del discurso se le entrega más a la obra y al espíritu que a la ejecución.

En esa exaltación del espíritu libérrimo, las páginas intercalan el castellano y el catalán de manera espontánea y muy intuitiva, con una incursión incluso en árabe por cortesía del palestino Ahmed Eid en la conmovedora Porvenir, un ejemplo esclarecedor de esa canción de autor minimalista, encogida y sobrecogedora que alienta todo el álbum: el humilde piano de pared con sordina de Peya, los tenues atisbos electrónicos, el ensimismamiento en la expresión. Y qué decir de la parte lírica, tan emotiva, sentida y sensible.

Son muchos los momentos en los que sentirse cautivado a lo largo de Nuca, una obra que transcurre al ralentí y desacelera nuestras pautas de comportamiento para proponernos una realidad más humana, táctil, epidérmica. “¿Quién me va a quitar ese mal humor? ¿Quién me va a quitar ese mal de amor?”, repite Carmen Aciar como en una plegaria durante Veo incendios, en una de esas reflexiones destinadas a no borrársenos ya de la memoria. Como la voz quejumbrosa e implorante de Niño de Elche en la taciturna, lindísima y sanadora Cambiar la danza. O la de una Rita Payés que ahonda en su presente estado de gracia (prepárense de cara al otoño para su disco junto a Lucía Fumero) a través La vanidad, todo un aviso para navegantes frente a una de las grandes epidemias de esta autocomplaciente era contemporánea: “Cuanta fe perdida en las promesas de esta cruel divinidad”.

Hay nombres muy ilustres entre los y las 16 vocalistas de Nuca, de Judit Neddermann al argentino Juan Quintero, al que le toca en suerte uno de los cortes más hermosos y arrebatados, Cien vidas. Y otros que tampoco perderemos ya de vista, desde Anna Andreu a Nora Navarro, Aina Zanoguerra, Henrio o Xarim Aresté, agraciados todos con partituras que no pueden dejar de escrutarse con fascinación, como el que se adentra en tesoros tan deslumbrantes como poco evidentes. Y la propia artista de Palafrugell se reserva para sí la caída de telón con La nuca, piano y voz para compendiar esta rebelión a bajo volumen y altísima intensidad emocional. Qué distinto a casi todo, qué necesario y alentador resulta este álbum para mecerse y estremecerse.

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