Alejado ya en tiempo y en espíritu de la era de los éxitos planetarios (Fall at your feet, Don’t dream it’s over y todo aquello), Neil Finn solo parece preocupado ahora mismo en perfeccionar todavía más su fórmula de pop pluscuamperfecto, una intersección entre melodías luminosas y enrevesadas, llenas de sorpresas y recovecos, que desde hace décadas le coloca como el único heredero legítimo de ese trono del que Paul McCartney solo se apeará cuando ya no esté entre nosotros. Gravity stairs es uno de los álbumes menos instantáneos de los neozelandeses, pero tan brillante o más que cualquiera de sus antecesores. Y todo gracias a la química que solo Neil sabe encontrar en el entorno familiar, con sus retoños Liam y Elroy afianzados ya como miembros de pleno derecho en esta Casa Abarrotada, pero con acceso restringido, a lo que se ve, solo a la gente muy talentosa.

 

Tras los cuatro álbumes de CH en la era clásica, los que desembocaron en la gira de despedida de 1996, disfrutamos ahora de la tercera época de la formación, superada la transición de Time on Earth (2007) e Intriguer (2010). Y aunque ni uno solo de los ocho álbumes de los kiwis resulta ni remotamente desdeñable, da la sensación de que Neil y el resto de la familia Finn nunca se habían sentido tan involucrados con el proyecto como ahora, con un discurso torrencial y una convicción evidente. Al pater familias se le van notando los años (acaba de cumplir 66) en el tono grave, melancólico y hasta trascendental que van adquiriendo sus composiciones, empezando por la que inaugura el disco, Magic piano. Pero asombra que tras cuatro décadas largas en la primera fila, ya sea con banda, en solitario o en diferentes dúos familiares, no se le agoten las ideas para exprimir al máximo los tres o cuatro minutos en que todo acontece en esa mágica unidad de medida que es la canción.

 

De entre las 11 aquí incluidas, solo hay dos singles clamorosos, los elegidos para la ocasión con criterio que imaginamos unánime: Oh hi, con su juego melódico de ascendente africano, y el adorable Teenage summer, título in extremis (por sugerencia del nietecito de Neil) de la pieza que en la contraportada aún figura acreditada con su denominación primigenia, Life’s imitation. Pero adentrarse en el resto del repertorio, más oscuro y complejo, tiene poco de reto y mucho de bendición. Comenzando con ese Magic piano que puede traernos a la mente un tarareo vagamente similar al de A horse with no name, de America. Y prosiguiendo con algunos juegos armónicos vocales que nos remiten a Simon & Garfunkel o con ese vals de una belleza superlativa, Some greater plan (For Claire), tan frágil y delicado como un susurro.

 

La primera mitad del elepé es toda ella escandalosamente bella, con The howl y All that I can ever own (que se da un aire a Distant sun) evocando los tiempos gloriosos del disco Together alone, allá por 1993. La segunda parte, a partir de Black water, white circle, entra en un territorio más misterioso y de tenue psicodelia que recuerda a Dizzy heights (2014), el disco más oscuro e injustamente minusvalorado de Neil Finn en solitario. En cualquier caso, la maquinaria, lejos de resentirse, parece encontrar un estado de gracia en el equilibrio entre la savia nueva (los Finn junior), la vieja guardia (Nick Seymour, miembro fundador, sigue encargándose del bajo, aunque sea mucho mejor músico que portadista: su remedo del Revolver de los Beatles es manifiestamente mejorable) y el fichaje estelar de Mitchell Froom para los teclados. No escalarán en ninguna lista de éxitos, pero Crowded House siguen ahora mismo habitando otra galaxia.

 

2 Replies to “Crowded House: “Gravity stairs” (2024)”

  1. Sigo a CH desde que los vi en directo en el verano del 92 en la Expo de Sevilla. Desde entonces fan incondicional. Este LP y el el anterior aumenta la media con respecto a los dos anteriores aunq para mí es evidente que el nivel delo 4 primeros son demasiado para cualquier banda .
    Larga vida a la familia Finn !!

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