Bastan muy pocos compases de Worlds unkwown, el corte que abre el cuarto álbum de Cut Worms, para comprender que el espíritu de Big Star sigue muy vivo medio siglo después de aquella alineación de planetas que aconteció de manera efímera pero decisiva. Incluso el rasgueo de las guitarras y la estructura misma de la canción, con bajo y batería esperando a la segunda estrofa para hacer acto de presencia, remiten a las enseñanzas de Alex Chilton y demás prohombres del power pop.
La teoría está muy asentada. Falta siempre, claro está, el repertorio. Y en ese sentido, el aún joven Max Clarke se aplica muy a fondo para la ocasión. Había aportado este muchacho de Brooklyn algunas páginas ya particularmente deliciosas para su catálogo inmaculado, sobre todo las que reunió en 2018 bajo su título inaugural (Hollow ground), pero con Transmitter parece más dispuesto que nunca a dejar huella desde el desparpajo, la naturalidad, el entusiasmo y esa escritura precisa y contagiosa que obliga al oyente a anotar urgentemente el nombre de la banda en su ya abotargada materia gris. Porque aquí nadie pretende revolucionar la historia del rock estadounidense, desde luego, pero sí dejar para la posteridad un álbum adorable e inmaculado.
No es un detalle menor que para ello Max se mudara durante una semana con Jeff Tweedy a su mítico cuartel general de Chicago, The Loft, escenario de unas grabaciones en los que, sin pretender emular a Wilco, los grandes gurús del americana vienen a la memoria en cuanto escuchamos Barfly o, sobre todo, Evil twin. Tweedy había confiado en Cut Worms como teloneros de Wilco durante la gira de 2024, así que la conexión y la química estaban servidas. Y no puede ser casual que el gran jefe no se limite a la tarea de productor –siempre tan cálido y libre de aditamentos, tan atemporal en el sonido y poco invasivo en su actitud hacia el protagonista–, sino que también asuma muchas guitarras en primera persona. Y apuntale la habilidad pasmosa de su invitado tanto para la balada sin batería (Walk in an absent mind es tan bella como si hubiese acontecido medio siglo atrás en el Laurel Canyon) como en los tiempos medios canónicos: Windows on the world vuelve a ser un ejercicio de bella y emotiva precisión.
Otras veces ha intentado Clarke hilvanar algo parecido a un hilo argumental entre las canciones de sus álbumes, pero en esta ocasión el único elemento aglutinador parece ser la excelencia. 10 canciones, cinco para la cara A y otras tantas para la B. Y ninguna que merezca esas dos palabras demoledoras con las que la generación milenial reconcentra la indiferencia: “sin más”. Al contrario, Transmitter es una lección rotunda de rock con raíces, y sigue funcionando incluso cuando, de manera excepcional, se cuela alguna pincelada de electrónica en el menú. He aquí el ejemplo perfecto de un disco que parece pequeño y termina haciéndose muy grande.