Puede que ni la desdichada tipografía ni la ridícula imagen del artista en algo parecido a un predicador en plena levitación son las mejores cartas de presentación para Modern mythologies, pero detrás de este envoltorio tan poco agraciado se esconde una de las mejores voces jóvenes que llegan a nuestros oídos desde las siempre fértiles tierras de la República de Irlanda, una circunstancia lo bastante elocuente como para que activemos todos los radares. Nadie se sentirá decepcionado con lo que descubrirá aquí, porque hablamos de un álbum no ya solo cautivador, sino soberbio. Alguien que en el primer verso de su primera canción escribe “Te toco la cara con mis dedos sucios” no debería pasarnos en ningún caso inadvertido.
La pieza en cuestión, Amelioration, es una de las mejores entre la docena de cortes que afrontaremos, pero con semejante apertura lo fascinante es que nunca llegue a enturbiarnos la sensación de que el autor ha levantado el pie del acelerador. Ese primer corte ya sienta las bases y las bazas de un muchacho que desde su Dundalk natal (ya en la frontera misma con el Ulster) ha tenido por fuerza que escuchar hasta la extenuación a su paisano Glen Hansard pero, por derivación inmediata, también a Van Morrison. Y que, con las mismas, se sentiría tan cómodo habitando un álbum de David Gray (en sus años inspirados, a ser posible), Ray LaMontagne o, en caso de que tuviera a bien regresar a las andadas discográficas, el grandísimo Damien Rice.
El folk-soul de aromas esmeraldas se convierte así en santo y seña de Keenan, que comparte nombre y apellido con un muy exitoso novelista escocés pero que prefiere exorcizar sus demonios con una guitarra entre los dedos. Y no debían de ser pocas las heridas que cauterizar, si nos atenemos al dramatismo de muchas de estas páginas prodigiosas y a las extensas y explícitas confesiones que desliza en la carpeta interior, donde leemos: “Con este disco he intentado deshacerme de todo aquello que me estaba frenando. Asuntos de la infancia, problemas de adicciones que he sufrido, desesperación generalizada y algo de mi personalidad miedosa. He tenido que enfrentarme a todas las partes irascibles y feas de mí, esas de las que tantas veces me avergoncé”.
Catarsis, lo dicen, y a fe que las súplicas, plegarias y sollozos de David acaban transformándose en un prodigio muy hermoso de belleza y superación. Keenan habrá sufrido muchas travesías anímicas del desierto en su vida, sospechamos, desde el retrato de un conseguidor de droga en 50 Quid man a la búsqueda de un resquicio de luz en la contrita pero esperanzada y lindísima Rebel tune. Pero asombra siempre el rango expresivo de un muchacho que ya ha ejercido como telonero de Richard Thompson o Hozier, ha reventado durante dos noches consecutivas el Olympia dublinés y es capaz de deslizar su nombre tanto en el cartel de Glastonbury como en el del Celtic Connections de Glasgow. Es imposible no pensar en él como el siguiente nombre gigantesco que nos regala esa eterna cantera de una isla bendecida por los druidas de la canción. Asómense sin miedo, aun a riesgo de deslumbrarse.