La primera impresión tiene poco de engañosa: ni Marcos Crespo resulta ser, contra todo pronóstico, el chico más alegre del barrio ni Depresión Sonora es una denominación inapropiada para este canto a la compleja búsqueda de algún atisbo de sosiego o arraigo, la incomodidad existencial, la desazón y hasta la inadaptación o la apoplejía. Incluso ese mismo perfil fisonómico, entre el desamparo y la languidez, encaja con un disco tan áspero como lúcido, un poco afable repaso a las obsesiones de la vida moderna, al empacho de pantallas, algoritmos y sobreexposiciones, a la fugacidad de los momentos reconfortantes, a la tiranía del usar y tirar. Marcos llega a la conclusión de que no merece la pena vivir con la lengua fuera y encuentra un significado mucho más genuino a las cosas mirándolas a través de los ojos de Lucas, la mascota que lleva acompañándole más de 13 años. Bastantes ya para las cotas de longevidad perruna, pero también en el cómputo vital del madrileño: casi la mitad de su vida acompañado por el aliento fiel e incondicional de su peludo.
No, tampoco Los perros no entienden internet… (el título es tan brillante que solo podía encerrar un gran disco) es un ejercicio tontorrón ni simplista de buenismo canino y beatería animalista. Qué va. El referente de Lucas sirve solo como espejo incómodo y juego de contrastes frente al trajín de la vida a los 28 en una gran ciudad. Y para edificar su particular monumento a la desazón, Crespo se lanza a los brazos de un post-punk oscuro y denso, aderezado con ese fraseo de apariencia tan chuleta como desganada que puede recordar más de una y de dos veces al de Álvaro Rivas, el puntal de Alcalá Norte. Solo que aquí no recorremos de arriba abajo la calle Elfo, sino que nos dirigimos al entorno todavía más proleta del Puente de Vallecas y nos imaginamos deambulando por la Avenida de la Albufera. O por la de Monte Igueldo, puestos a hilar fino, que tiene un aire abigarrado, genuino y opresivo que encaja bien como escenario para esta docena de canciones entre el autorretrato y la llamada de auxilio.
Crespo no quiere ejercer de gran melodista, por aquello de acentuar el enfoque opresivo, y empapa su propio desaliento de sintetizadores viejunos y sucesivas capas de guitarras noventeras, muy propias de quien escoge a un productor como Harto Rodríguez (el ingeniero de El Madrileño, de C. Tangana, en efecto) y se lo lleva hasta el Puerto de Santa María para que sea el mismísimo Paco Loco quien pulse la tecla de rec. Marcos tampoco pretende hablar en boca de nadie, pero se vuelve involuntario portavoz generacional en Domingo químico, pocas canciones antes de que ¿Cómo será vivir en el campo? quintaesencie su sensación de desapego y las ansias de renovar la perspectiva vital, de pegar un buen volantazo.
Siempre hubo algo de ese nihilismo en el alma y el imaginario de Depresión Sonora, un proyecto que nació enclaustrado en una habitación durante el confinamiento y que alumbró los dos primeros epés entre esas cuatro paredes antes de un debut en formato largo, El arte de morir muy despacio (2022), ante el que ya era imposible pasar por alto. Los perros… acentúa mucho más esa percepción de autorretrato nada complaciente, de un joven que se siente bicho raro pero ante cuyo tormento interior no podemos pasar indiferentes ni salir incólumes. Los perros… es un disco mucho más estimulante que placentero. Pero, a fuerza de aguzar el oído y empatizar con su protagonista errante, acaba volviéndose adictivo sin que importe lo que diga el DNI de cada cual.