Hay artistas que nos seducen o nos emocionan. Músicos a los que seguimos desde tiempo atrás, cuando eran unos recién llegados y ya nos enganchamos a sus primeros álbumes. Pero el cantautor que se erige en merecedor y protagonista de estas líneas ha llegado un paso más allá. No es que conozcamos bien muchas de sus canciones. Es que él mismo ha pasado a formar, con los años, parte sustancial de nuestras vidas. Y hoy vamos a brindar porque esa sinergia nos siga durando hasta el final de los tiempos. No merece menos quien es capaz de garabatear uno de los versos más conmovedores, en su sencillez, que se nos vienen a la cabeza en los últimos años: «Ojalá se nos pase la vida como un raro y precioso suspiro».

Así se las gasta Juan Gómez Canca, ese barbado trovador malagueño inexpugnable en el arte de redondear canciones, de conseguir que todas las piezas encajen con la precisión de un entomólogo de la emoción. La calma no es que sea un álbum de madurez, puesto que ninguno de sus cinco antecesores presentaba hechuras torpes ni párvulas. Lo que sucede es que, sobrepasado el crítico listón de la cuarentena, al autor de Canela en rama se le intuye más a gusto que nunca en el interior de su pellejo, que no es mérito menor. Y eso se traduce en un repertorio sereno y nada anodino: este es un disco bello que entra como la seda desde la primera aproximación, pero deja poso porque hay en él chicha y sustancia.

Hay mucho amor enroscado en estas 10 canciones (un disco como los de antes: cinco en la cara A, otras cinco al voltear el vinilo), coincidiendo con esa alianza tan hermosa que Juan ha afianzado con su musa argentina, esa Guada que rivaliza felizmente con él en escritura poética y sustanciosa. Pero el enamoramiento no eleva los niveles de melaza, porque este material merece una A mayúscula de cuerpo generoso tanto en la clasificación de la excelencia como en la del nutriscore. Kanka le mira de cara a ese fantasma aterrador de la parca con Le pasa solo al resto, una suerte de góspel inopinado para ponerle un pellizco de guasa incluso a lo que no tiene ni pizca de gracia. Combate los fantasmas de la mente y de la vida en Ansiedad, conmovedora en su franqueza a calzón quitado. Brinda un abrazo abolerado y con pellizco jamaicano en Los compadres a la buena gente que merece nuestros mejores achuchones. Y concibe, en suma, con el tema central una oda al sosiego, la hermosura y la resiliencia que no es solo una canción bellísima, sino un bendito himno con esas cinco letras tatuadas ya en nuestro imaginario.

Se permite Juan Gómez alguna rareza, como la absorta Las ganas, otro conjuro por una vida motivada y mejor que mira de lejos el legado de Carlos Cano. Y solo pierde el encanto con He dicho que no, cuya motivación queda explicitada ya en el título pero musicalmente queda redundante y sin mucho desarrollo. Un resbalón mínimo para un tipo que hace de la vida compartida un acontecimiento adorable y que agranda su grandeza cotidiana con nuevas páginas llamadas a perdurar y hacernos mejores personas; en particular, la rumbita sincericida Pasitos benditos o ese amago de pop chisporroteante e imparable que es Limpieza general. Todo muy sencillo en apariencia, muy grande en esencia y capacidad para trascender.

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