Los palentinos de El Naán lograron visibilidad, reconocimiento y aplauso merecidísimos a partir del impacto paulatino que fue adquiriendo Germinal (2021), un disco bellísimo que, aunque apuntalaba una trayectoria superior ya entonces a los dos lustros, a muchos sirvió para colocar en el mapa a esta formación multidisciplinar apasionante y a su humilde y seductora comarca del Cerrato, al este de la provincia y ya casi en la linde con Burgos. Carlos Herrero y Héctor Castrillejo podrían haber aprovechado su inopinada relevancia para concebir un trabajo más ecléctico, expansivo y de espectro amplio, por aquello de afianzar el espacio y el alcance de un proyecto amasado desde un compromiso ético, estético y trascendental con el territorio y sus gentes. Pero el “corazón de barro” de estos rapsodas contemporáneos les ha llevado a seguir tirando al monte (o al páramo) y entregar, cinco años más tarde, un álbum árido, complejo y profundo, tan bello como áspero en una primera aproximación. Tan enraizado hasta los tuétanos que, más que solo escucharse, casi lo podríamos oler.
Herrero y Castrillejo han afianzado una formación extendida en la que es imposible no reparar en la magnética presencia de María Alba como voz complementaria y alternativa a la de Carlos. Versos del páramo negro opta en cambio por el recogimiento y se retrotrae al formato primigenio de trío, muy adscrito tanto a las cuerdas (timple, banjo, rabel) de Herrero como a las percusiones de Adal Pumarabín, que ha de multiplicarse hasta adquirir un protagonismo casi hipnóptico y ominisciente. Pasar de septeto a trío tiene algo de salto al vacío, sin duda, por más que aparezcan colaboradores aquí y allá. Pero a los de Tabanera de Cerrato no les ha temblado el pulso. “Necesitábamos ir ligeros para acompañar estos poemas y llenarlos de silencios”, aducen en las propias notas del trabajo.
Y así, los folcloristas castellanos que asombraron a los mismísimos Vetusta Morla y terminaron convirtiéndose en pieza decisiva para la gira del álbum Cable a tierra (2021); los mismos que en junio de 2022 participaron en el histórico concierto en el Metropolitano frente a 40.000 almas que cristalizaría en el disco en directo Bailando hasta el apagón, se decantan por un trabajo que es casi tan musical como recitativo, puesto que los poemas de Castrillejo, siempre importantes, cobran aquí un papel determinante y medular. Y ello tiene el inconveniente de que el formato fonográfico siempre es más refractario a la poesía que los escenarios. Son recitados emocionantes y de imágenes sentidas y conmovedoras los que alientan La abuela, Los ajos o La tribu perdida (“Cultivamos la alegría, la música, la danza, la palabra. Somos la tribu salvaje…”), versos esclarecedores para comprender un quehacer, una forma de vida, una idiosincrasia. Pero a la tribu más específicamente melómana le puede resultar ardua esta práctica paridad entre música y palabra.
Ahí están, en cualquier caso, momentos ya inolvidables como el lindísimo Romance de la loba parda o el encantador mano a mano con Rozalén –otra artista necesaria: que su retiro sea breve y provechoso– para En mi corazón de barro. Hay que adentrarse en estos versos y en este páramo sin miedo. El camino puede no estar bien desbrozado de antemano, lo que nos obligará a redoblar el esfuerzo para que nuestros pies no se nos enreden. Pero el paisaje, de puro auténtico, es también enteramente cautivador.
Qué grande el Naán!!, todo un referente en la música popular del adobe y qué aportación tan bonita de Rozalén, otra defensora incansable también de la música popular. Una fusión perfecta para esta bellísima canción. Enhorabuena!!