El cartagenero Fernando Rubio sigue ejerciendo de verso libre y perro verde en el panorama peninsular, un francotirador abonado a la canción de corte clásico, canónico e irrefutable que a estas alturas ya no se plantea abandonar su apuesta por el inglés ni aspira a otra cosa que no sea regalar grandes composiciones sin fecha de caducidad a quien acierte a descubrirle y acceda a la muy recomendable experiencia de escucharlo. Rubio va a lo suyo, sin prisas ni aspiraciones más propias de esos chavales que fuimos y ya nunca seremos; humilde, pero consciente de que hay grandes melodías aún flotando por el éter y esperando una mano hábil que las atrape. Porque así sucede con su repertorio: todo suena en él tan atinado y disfrutable que casi provoca extrañeza que esas páginas no hubieran sido escritas ya con mucha antelación y a unos cuantos miles de kilómetros de distancia del Mediterráneo.
Fernando y sus Demonios Internos apuntan de hecho casi siempre al americana, con más vocación aún en el caso de la Costa Oeste, y es insólito que salgan tan bien parados en un territorio estilístico, estético y sentimental en el que tantos y tan cualificados doctores ha tenido la iglesia de la música popular. Ni sabemos como lo consigue ni, en el fondo, comprendemos que siga inmerso en esa retaguardia, pero el mundo es un lugar propicio para los agravios y los omisiones. Reivindiquemos a este murciano humilde y librepensador, músico reincidente y picapedrero de unas cuantas décadas a esta parte, con este muy meritorio álbum en vivo que inmortaliza su visita del 7 de noviembre de 2024 en la edición número 43 del Cartagena Jazz Festival y que toma su título, seguramente misterioso para quienes desconozcan la idiosincrasia local, de ese centro cultural Ramón Alonso Luzzy en el que acontecieron los hechos.
Rubio repasa lo mejor de sus cuatro entregas en solitario, con versiones razonablemente divergentes y complementarias de las que ya le conocíamos (tanto Cheap Chinese guitar como 20th century y Stay cool ya nos habían dejado muy buen sabor de boca, además con una periodicidad sensata: sus fechas abarcan de 2018 a 2024), y no duda en reflejar debilidades propias y colectivas a la hora de jugar a las versiones. Son solo tres, pero sabrosas y elocuentes: el Beast of burden de los Stones en un tono más rural, ese Cry del joven y deslumbrante Jon Batiste para retratarse como un devoto de Nueva Orleáns, y, de manera más sorprendente, un Town called Malice (The Jam) concebido a modo de eclosión eufórica para el fin de fiesta.
La voz de Fernando nunca fue poderosa, pero sí suena cadenciosa, evocadora y muy cercana. Y su cuarteto acompañante no solo le arropa con un amor por la polifonía local en el que se acaban involucrando los cinco, sino con una calidez bien llamativa en el caso de los teclados de Carlos Campoy o la guitarra de Joaquín Talismán.
Algunos de los Inner Demons compartían alineación con la Bantastic Fand de Nacho Para, además del propio Rubio, así que la dedicatoria a ese otro gran cantautor country del puerto cartagenero es ineludible: Para nos dejó para siempre, de improviso, apenas un mes más tarde de esta grabación. Seguro que la habría escuchado un buen puñado de veces, porque Nacho y Fernando eran hermanos de vida, música e ideario: en Luzzy no se escapa ni uno solo de los ingredientes habituales, incluidos los toques de blues para Get down, el pellizco jamaicano de Give what you don’t have o la solemnidad grave y preciosa de Last night I dreamed of you. Eso por no mencionar a papá Dylan, cuyo ascendente sobrevuela por gran parte de estos 75 minutos de grabación. Hora y cuarto de historia con hache minúscula, pero también con hache de hondura. Y de independencia radical: no se tomen la molestia de buscar estas 16 interpretaciones en Spotify.
¡Vaya descubrimiento! Música sin artificios que te llega directa y te hace volar.
¡Tal y como lo dices, Pascual! Qué bien que te haya gustado. Gracias por escribir