Es ley de vida. Dave Grohl camina con paso firme hacia los sesenta: sopló 57 velas el pasado mes de enero, Otra cosa es que los aparente, y en eso no podemos reprimir cierto prurito de envidia malsana. Ya sea por alguna feliz alineación planetaria, pacto diabólico del que no haya constancia documental o privilegiada herencia en lo relativo al vigor y la constitución muscular, el hombre que debería ir pidiendo cita para una primera revisión reumatológica demuestra con este sudoroso y exuberante Your favorite toy que el sueño de la eterna juventud sí es posible para unos poquísimos privilegiados. Porque estas 12 canciones aceleradas, afiladas y rabiosas, embaladas como un bólido sin frenos que se precipita colina abajo, son una exhibición de músculo y coraje solo al alcance de algún rara avis. Y a Grohl, dejémonos de paños calientes, le tocó en ese sentido la lotería.

El “juego favorito” de los de Seattle vuelve a ser, sin dudarlo, la adscripción a la vieja escuela del rock duro, la secreción de adrenalina, las punzadas en la boca del estómago, las ansias por incordiar (o, como mínimo, propinar algún que otro pellizco) al prójimo, los aullidos guitarreros en una frecuencia de onda incompatible con el pleno bienestar del tímpano humano y la íntima convicción de que conviene mover el culo si no queremos que esta vida puñetera nos sepulte y nos aplaste. Y para todo ello necesitamos a un tipo capaz de desgañitarse como si anduviera por los veintipocos, una circunstancia en la que Grohl se ha quedado probablemente sin rival ahora mismo en el rock de estadios. Habrá quienes tuvieron o retuvieron, pero Jagger o Brian Johnson, que ya andan por edades mucho más serias, parecerían ahora mismo hermanitas de la caridad si tuviéramos que juntarlos sobre el mismo escenario con el bonachón enrabietado de David Eric Grohl.

Superada como buenamente les haya sido posible la terrible pérdida de Taylor Hawkins, al que perdieron (y perdimos) con apenas 50 años en aquella habitación bogotana de hotel entre antidepresivos y opiáceos, los Fighters regresan a unos orígenes en los que llevaban una buena década sin bucear. Después del duelo, la conmoción y el homenaje que alimentaban But here we are (2023), las travesuras lúdicas y casi bailongas de Medicine at midnight (2021) y las probaturas más disruptivas y experimentales que inspiraron Concrete and gold (2017), Your favorite toy es un descarado regreso a los orígenes entendido como un gran festín de velocidad, acción y adrenalina. Y que nadie haga amago de resistirse a la avalancha: por esta vez, merece la pena que nos dejemos arrollar.

Afianzado de manera más que satisfactoria Ilan Rubin con las baquetas entre los dedos, la alineación titular sigue exhibiendo una elocuencia torrencial y sin fisuras: Chris Shiflett y Pat Smear son guitarristas rudos pero impecables (e implacables), Rami Jaffee apuntala el edificio con sus teclados y Nate Mendel lleva tiempo confirmándose como uno de los bajistas más hábiles, contumaces e irresistibles de la escena mundial. Olvídense esta vez de la incorporación de baladas al historial de Foo Fighters, porque solo las consecutivas Unconditional y Child actor (esta última, particularmente adorable), a la altura de los cortes 7 y 8 de la programación, abanderan los cánones de los tiempos medios. Y antes hemos asistido a la asilvestrada Caught in the echo, una apertura monumental a la que solo podía seguir un episodio aún más devastador, Of all people. Y un corte titular, Your favorite toy, en el que Dave desliza todos los trucos efectistas para enamorar hasta el último rincón de los pabellones: canta pasajes con megáfono, invita al tarareo con un na na na de los que destrozarán las gargantas de los fieles y reserva un hueco en el corazón de la pieza para un solo de guitarra que en directo puede servir para el paroxismo prolongado.

El último corte, Asking for a friend, también parece himno para comuniones colectivas: lo comprobaremos pronto. No hay nada que inventar aquí: ni probaturas ni extravagancias. Tampoco nada que objetar: solo una vuelta a las raíces, deliciosa y envidiable. A la altura de un duodécimo álbum, solo unos poquísimos privilegiados pueden chorrear tanta autenticidad salpimentada con unas gotitas de muy legítima bilis.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *