Podemos pensar en Gia Margaret como una cantautora, desde luego, pero en ningún caso al uso: a su condición de compositora que interpreta su propio cancionero se le suma una evidente filiación ambient que convierte la escucha de Singing en una prodigiosa experiencia evanescente. Ese gusto por lo vaporoso tiene una explicación tanto estilística como orgánica (ahora iremos a ello), pero se traduce en una experiencia de adorable escapismo: estas 12 canciones acaban teniendo un efecto de catarsis sanadora, a modo de paréntesis muy recomendable frente a ese mundanal ruido que tiende a volverse cada vez más ensordecedor.
La obvia sencillez de un título como Singing aquí tiene en realidad mucho más que ver con la elocuencia. Y a eso íbamos. Después de debutar en 2018 con un precioso There’s always glimmer, siguiendo los parámetros de lo que Margaret acertó a definir como “sleep rock” (canciones de construcción clásica que van remodelándose y esculpiéndose a partir de capas y más capas de sintetizadores), la artista de Chicago se sometió a una cirugía de cuerdas vocales que le impidió cantar con normalidad durante años. El desaguisado aconteció justo antes de la pandemia y Gia optó por reinventarse como artista instrumental en Gia Margaret (2020) y, por seguir con títulos tan simples como esclarecedores, Romantic piano (2023). Pero lo que surgió como una alternativa forzada por los acontecimientos terminó convirtiéndose en lenguaje innovador y fenómeno para el sosiego íntimo y colectivo en tiempos particularmente turbulentos. Una fórmula viral, en última instancia, hasta el extremo que su pieza Hinoki wood acabaría sirviendo como banda sonora para un anuncio de Apple.
El abrumador tino para los sonidos planeantes, envolventes y evocadores resurge aquí en Ambient for Ichiko, una partitura preciosa durante la que se nos diría liberados de la mismísima fuerza de la gravedad. Pero ese noveno corte de la entrega es la excepción puntual frente a la norma de la voz felizmente recuperada, resignificada y ungida de la más prístina elocuencia. Lo mollar lo encontramos en esa fórmula fabulosa en la que las enseñanzas del eterno Nick Drake parecen pasar por el prisma de Bon Iver (Everyone around me dancing), una impresión que corroboramos en los créditos: uno de los aliados y coproductores de esta obra lindísima es Sean Carey, el batería de la banda, que en solitario opera como el ensimismado y bello S. Carey.
Las texturas las aportan las segundas voces vaporosas y, sobre todo, esos metales narcóticos (trompetas, el saxo en la extraordinaria Cellular reverse) que nos colocan en escenarios muy cinematográficos que ya hace décadas exploraba el trompetista Mark Isham, y no solo con sus bandas sonoras. la victoria liberadora de la belleza frente al dolor alienta Alive inside, mientras que Good friend, el único título que parece transitar por territorios de pop más convencional y expansivo, destapa en el último minuto un fabuloso giro de guion cuando se adentra por los territorios del ¡canto gregoriano!
Y así, Singing acaba poniendo voz a los pensamientos a medio articular, incluso a las ensoñaciones. Es, como sugieren sus imágenes, música para una tarde perezosa a orillas del mar. Tarde aún fresca en la que el arrullo lo puede llegar a aportar incluso un cuarteto de cuerda (Rotten), pero que invita al fin a descalzarse, recuperar el contacto de la piel con la arena y pensar que este mundo, con todo, bien merece la aventura azarosa de haberlo conocido.