Para los despistados que no acaben de ubicar el nombre de Jesse Harris en su memoria, vaya este breve apunte recordatorio de urgencia: hablamos del autor de Don’t know why, la canción bandera que convirtió a Norah Jones y aquel primer álbum imborrable, Come away with me (2002), en el éxito más arrollador e improbable de crítica y ventas en todo lo que llevamos de siglo. Ahora que aquel himno prodigioso e inesperado se acerca a sus bodas de plata, Harris y Jones aprovechan aquí para reeditar la alianza con otra joya instantánea, Having a ball, que resume bien el modus operandi de nuestro cantautor neoyorquino de las gafas de pasta: una sencillez casi desnuda en la arquitectura de la canción, melodía directa y con pocos meandros, una ternura con un punto casi candoroso, la apariencia de que nosotros mismos podríamos escribir algo parecido… y la capacidad mágica para que esas pocas notas se nos queden enredadas en la memoria a lo largo de toda la semana, y quién sabe si ya durante media vida.
Ahí radica el arte y el magisterio de Harris, un hombre que no concibe el aspaviento ni en lo estilístico ni en lo vital, que sigue fiel a su perfil de hombre discreto y comedido, pero que ha cimentado el don de la canción inexpugnable, casi perfecta. Son piezas con apariencia de miniatura y que brotan en un instante pero parecen apuntarnos al corazón mismo de la memoria. Ahora, después de una veintena de álbumes en nombre propio y un listado de encargos y colaboraciones absolutamente envidiable (de Melody Gardot a Madeleine Peyroux, Lana del Rey, Cat Power, Feist, Emmylou Harris o Willie Nelson), Harris se da el gustazo de adentrarse en el pop orquestal con los arreglos de su buen amigo brasileño Maycon Ananias al frente de la ESPR Orchestra. Ananias se encontraba en Estonia trabajando en los actos de celebración del 90º cumpleaños del venerable compositor local Arvo Pärt cuando llamó a Jesse para comentarle que tendría tiempo de trabajar en clave sinfónica con alguna de sus canciones. Y así nació primero Dolores, el tema inaugural, y a partir de ahí otras nueve piezas escritas por Harris, ya con la orquesta en mente, a lo largo de apenas cinco semanas.
El resultado es fascinante, porque If you believed in me enlaza la humilde guitarra acústica y la opulenta formación orquestal sin que en ningún momento parezca una obra recargada y pomposa, como si las docenas de efectivos de la ESPR asumieran e interiorizasen el espíritu recatado, humilde y nada ostentoso del cantautor. Estamos ante un disco de pop orquestal que no pretende abrumar, sino abrazar. Y para acentuar esa sensación de intimidad en medio de la multitud, Harris escribe sobre los temas determinantes en la mente de un ser humano inmerso en los cincuenta y tantos: añoranzas, pérdidas, evocaciones, anhelos de difícil materialización.
Todo es precioso, melancólico y evanescente en este ejercicio mágico de contención, en la asunción de que una orquesta en todo su esplendor puede conducirnos por los caminos del pop mesurado. La joven Marine Quéméré, una suerte de Rickie Lee Jones a la francesa, se presenta a medio mundo a través de la deliciosa Rose du ciel, mientras que el armonicista Jake Sherman marca la pauta en la muy cinematográfica Nobody elese knew, but we knew, botón de muestra de la creciente fascinación de Jesse Harris por la música instrumental. No habrán escuchado algo tan evocador en meses: quizá por ahí vayan algunas próximas aventuras e indagaciones del neoyorquino, que nadie se sorprenda.