Sobre el compositor, militar y diplomático Gustavo Durán se ha escrito ya algo de un tiempo a esta parte, pero su trayectoria vital es tan asombrosa, poliédrica y contradictoria, tan fascinante en su complejidad y riqueza, que quizá algún buen novelista debería reconstruir y ordenar todo lo que vamos sabiendo de él para concederle el tratamiento de honor que se merece. Y en todo ese trabajo de recuperación de un talento atractivísimo, en todos los sentidos, el disco que el guitarrista gallego Samuel Diz acaba de concebir junto al tenor argentino Jonatan Alvarado serviría como banda sonora indispensable para alcanzar a comprender una parte significativa de la personalidad de este personaje tan real como propio de una película casi fantástica.
Durán carecía de formación militar, pero su compromiso con la república le llevó a defender Madrid con uñas y dientes, alcanzó el rango de coronel y desempeñó un papel muy destacado en las tropas fieles al gobierno legítimo, un vínculo que solo declinó aquel fatídico 1 de abril de 1939, cuando pudo tomar un barco en el puerto de Gandía y poner rumbo al exilio británico. Su nombre y alguna peripecia se mencionan en Por quién doblan las campanas, de Hemingway, pero antes, durante su periplo civil previo, se había asociado a la Generación del 27 y la Residencia de Estudiantes, donde se custodiaban los cuadernos musicales en los que ahora, casi un siglo más tarde, ha buceado Diz con una pasión innegociable y la tenacidad de quien se sabe con una hermosísima historia entre los dedos.
Este guitarrista de formación clásica renunció hace tiempo al repertorio más trillado de su instrumento y ha preferido decantarse por la investigación, sobre todo si se traduce en compromiso y trasfondo. Suyas fueron las indagaciones sobre figuras femeninas poco divulgadas del primer tercio, en particular la fascinante compositora y pianista madrileña Rosa García Ascot, una mujer que alcanzó la condición de centenaria (falleció en 2002) y cuya azarosa existencia también sería digna de tratamiento biográfico. Samuel compagina todo su universo musical con la condición de director del festival Música no Claustro, que cada verano enriquece los muros de la bellísima catedral-fortaleza pontevedresa de Tui, y a su vez ha tenido tiempo para protagonizar una aplaudida restauración de la guitarra de Federico García Lorca, que volvió a cobrar vida entre manos.
De ahí la validez de una figura como la suya para adentrarse en los cuadernos musicales que Durán, en su momento desencantado de esa faceta artística, fue acumulando con sus arreglos, anotaciones y aportaciones al repertorio de canciones folclóricas de temática amorosa que iba encontrando por medio mundo. Las hijas del compositor, la poeta Jane Duran y la etnomusicóloga Lucy Durán, se han volcado a su vez en esta aventura y la legitiman con sus aportaciones; la primera, traduciendo al inglés un repertorio casi siempre en castellano y la segunda, produciendo las grabaciones que Diz y Alvarado afrontaron en Dartington Hall, el enclave inglés que el exiliado Gustavo encontró al partir de la península y donde conoció a la estadounidense Bonté Crompton, con la que contrajo matrimonio a los pocos meses.
Antes de aquel noviazgo, Durán había sido íntimo del pintor canario Néstor Martín-Fernández de la Torre, para quien posó como modelo. Y en los últimos años de su vida compartiría convivencia y confidencias con el poeta Jaime Gil de Biedma. Entre medias, una carrera diplomática de relevancia para el Departamento de Estado del gobierno estadounidense o la enemistad con el tristemente célebre senador Joseph McCarthy, que le incluyó en su lista negra de infiltrados y contumaces comunistas. El empaque de una figura como esta justifica que Diz y Alvarado se hayan lanzado a un exquisito formato de librodisco en el propio sello editorial del guitarrista, Poliédrica, así que la edición física se hace esta vez más necesaria que nunca para disfrutar de ese libreto abrumador y valiosísimo de 88 páginas. En inglés, eso sí, lo que corrobora la ambición internacional con la que Diz aborda sus proyectos y, de paso, probablemente, su escasa fe en que el público español preste a sus hallazgos una mínima parte de la atención que merecerían.
El resultado es una colección heterogénea de 31 piezas breves tomadas de buena parte del cancionero tradicional español, pero también con incursiones argentinas, bolivianas, brasileñas y hasta griegas, otro país decisivo en la biografía de nuestro ilustre caballero: Gustavo falleció en Atenas en 1969 (tenía 62 años), cuando era alto representante de la ONU, y sus restos mortales descansan en la isla de Creta. Sirvan estas líneas, ojalá, para avivar la curiosidad hacia él y hacia sus rescatadores musicales, Alvarado y Diz, valientes impulsores de un proyecto que no puede quedarse solo en lo académico y que precisa ahora una difusión a la altura de su historia y sus hallazgos.