Llevamos años, incluso décadas, en que el mundo en general y el gran público en particular le han cogido miedo a la música instrumental, como si una expresión tan natural y arraigada fuese atribuible a una extravagancia para audiencias sibaritas. Por suerte, de vez en cuando surgen bandas que desde la más pura heterodoxia, como es el caso de Khruangbin, cambian el paso y consiguen que nos embarquemos en el tarareo puro y desinhibido, que nos dé igual si en una canción se canta y en las tres siguientes no, que cueste delimitar el ADN sonoro pero nos olvidemos de los cánones y nos mezamos en un leve baile reparador. Así se gesta la grandeza de un trío tan poco sujeto a las normas que para su quinta entrega afronta una empresa insólita: volver a grabar su primer elepé, aprovechando que se cumple el décimo aniversario de aquel estreno discográfico, y redimensionarlo hasta convertirlo no en un álbum distinto, sino absolutamente complementario y con personalidad propia. Como una especie de versión sonora del clásico «Encuentre las siete diferencias», solo que a lo grande, porque en este cómputo salen unas cuantas más.
La idea que materializan el guitarrista Mark Speer, la bajista Laura Lee y el batería Donald Johnson Jr. es tan peculiarísima que cuesta encontrar los parangones, puesto que este The universe smiles upon you ii no encaja en el concepto de versión o regrabación de The universe smiles upon you (2015), sino que funciona como reinvención hasta el extremo de provocar sensaciones y pálpitos diferentes a los que percibimos una década atrás. El lugar de grabación es el mismo de entonces, una vieja granja en lo ancho del campo, pero ni siquiera el repertorio es estrictamente el mismo, puesto que uno de los 10 títulos originales, Mr White (justo el que abría el lote original) desaparece de la ecuación para dejar hueco al espléndido Bin bin, estupendo delirio de fuerte carga lisérgica que en su día solo encontró hueco en la edición japonesa de aquel primer elepé. Incluso el orden de las canciones varía y se agita, con el ascenso de Little Joe and Mary a los honores de primer corte de la cara A y un ropaje campestre y bucólico, casi de tradición inglesa, que se queda a unas cuantas millas de distancia del ramalazo afrobeat con que la descubrimos una década atrás.
La sensación, en el fondo, es que Lee, Speer y Johnson han adquirido en estos tiempos tanta empatía, destreza y capacidad para la interacción como para conceder a su material propio la condición de un tesoro compartido, familiar y moldeable. Por eso esa propensión al juego y la travesura que, en última instancia, tan bien define la idiosincrasia de un trío en el que nunca se sabe bien dónde empieza el surf, la psicodelia o el pop thai, un exotismo grabado en su genética desde la propia pila bautismal: recordemos que «khruangbin» es el término en tailandés para «aeroplano». Ni siquiera este The universe… ii pretende enmendar o superar a su hermano mayor, sino solo celebrarlo con cierto alborozo, acentuar sus hallazgos y erigirlo en símbolo, como dirían los clásicos, del comienzo de una buena amistad.
Los nuevos Khruangbin, en realidad, siguen pareciéndose a los que comenzamos a amar dos lustros atrás, solo que el tiempo los ha vuelto aún más eclécticos e inaprensibles. Hay en este nuevo/viejo álbum una cierta tendencia a una neopsicodelia etérea y narcotizante, al baile descoyuntado y con los ojos en blanco. Pero al mismo tiempo el grupo del diminuto pueblito de Burton acentúa el potencial de White gloves como single vocal con carisma, difuminando el tono apesadumbrado de la lectura previa. Y eleva Two fish and an elephant directamente a la condición de banda sonora para las mejores puestas de sol en primera línea de playa, con un aire de chill al que ya solo le falta el complemento de un coctelero imaginativo. Cosas de Khruangbin: versos libres, siempre a su aire.