Es curioso que una banda de todavía bisoños malagueños veinteañeros afronte una evolución tan enérgica como la que Lord Malvo evidencian en los dos años escasos transcurridos desde su debut, aquel Carrera de obstáculos con el que ya se nos quedaron fijados en el radar en el otoño de 2023, pero el salto desde aquel enrabietado manifiesto garajero hasta la sofisticación funk y elegantona que plantean ahora es colosal. Adrián Gámiz y sus compinches siguen mirando el mundo con los ojos de la rabia y la frustración inherentes a una generación tan lúcida como encabronada con este statu quo inmovilista y explotador, solo que ahora oponen a la furia de hace un par de años la medicina de la sorna, la distinción y el nihilismo.
Y así es como al griterío de antaño se le antepone ahora el toque elegante de unos bajos funk y un discurso mucho más nítido y emperifollado para acabar denunciando las mismas mierdas de siempre: el trabajo frustra y aliena, hay que comprarse trajes en El Corte Inglés con los que nos sentimos marionetas ridículas y, por si fuera poco, la única posibilidad de ampliar la familia pasa por adoptar un gatito o un perrete, opciones todas ellas que se barajan en más de uno de los nueve cortes que ahora viven su estreno.
El salto hacia adelante, en cualquier caso, es colosal. Ya no hablamos solo de unos bulliciosos portavoces generacionales en la postadolescencia, sino de unos tipos lo bastante curtidos como para resultar documentados y verosímiles, no solo prometedores o entrañables. Les produce Álex Fernández, ese puntal de Vera Fauna (un grupo excelente, más allá de bendiciones sanchistas) que comparte alineación con Lori Meyers, y de hecho la voz del faunista Kike Suárez ejerce en la esclarecedora Más feliz y menos productivo, todo un manifiesto de intenciones: déjense de exprimirnos y permitan que desarrollemos la empatía, el talante y la creatividad. Es una línea argumental parecida a la de Mi vergüenza (está para no usarla), otra apelación al amor propio, de la misma manera que la inaugural Perro fiel, con sus paradiñas enfáticas, apela en su argumentario a la desgana, los bandazos en el currículo sentimental, el desánimo laboral y demás tragedias inherentes a la inminencia de la crisis de los treinta.
Aderecemos todo eso con los bajos octavados, los riffs de la escuela de Chic y los pianos eléctricos envolventes hasta que el conjunto nos recuerde a la música que seducía a nuestros papás, a juzgar por el hecho evidente de que Porcelana recuerda más a los Nacha Pop ochenteros de Nacho García Vega (los de Grité una noche, por afinar el tiro) que a la cantinela urbana de otros correligionarios de la genZ. En ocasiones este Cuánto cuesta puede sonar derrotista, porque el desaliento tiene esas cosas. Pero Gámiz, Nonak, Muñoz y García son lo bastante espabilados como para interiorizar la fugacidad de las circunstancias. Quizá no aporten grandes soluciones, pero su diagnóstico juvenil es brillante y la plasmación sonora, muy apetecible.