Es reconfortante constatar que aún quedan caminos oblicuos, alternativos y diferenciados en la canción de autor, y en el pop en general, y un ejemplo claro en ese empeño por salirse del carril central lo encarnan María Blanco Uranga y Txarlie Solano desde hace ya un buen puñado de temporadas (¡17!). Siempre desde una presencia discreta y una exposición solo relativa, quizá cicatera para lo que merece ese quehacer artesanal que los alienta, esa manera de electrificar el repertorio con más apego hacia el pellizco que por la mera estridencia. Habrá quien los siga teniendo por banda emergente, o incluso les asigne la condición algo desdeñosa de eterna promesa que no acabara de cristalizar, pero los menos preocupados por catalogaciones y designios parecen ellos mismos, que abren esta sexta entrega discográfica con algo muy parecido a un manifiesto artístico, quién sabe si con anhelo de refundación: «Qué satisfacción soltar la cola del león / Ser la cabeza de un ratón que piensa en gloria / De alzar un vuelo libre, vivir un sueño libre / Ser el famoso roedor que corre libre».
Esta espléndida Cabeza de ratón encapsula a buen seguro el estado de ánimo de Blanco, compositora de un repertorio cabal, incisivo y soñador que a estas alturas merece ser reconocida de una vez por todas en nombre propio y no solo como heredera a mucha honra de sus progenitores, los maravillosos Sergio y Estíbaliz. Solano se afianza como escudero imprescindible en los arreglos y diseño de ese sonido dulce y a la vez punzante, afable pero nada romo. Y a los ocho cortes originales se añade el aderezo de sendas versiones de un par de clásicos muy célebres del pop español, el adorable Groenlandia (Zombies, 1980) y el más bien irritante Quiero tener tu presencia (Seguridad Social, 1993), en ambos casos reformulados (¡y en parte rearmonizados!) como preciosos bocetos intimistas en torno a la voz y la guitarra eléctrica. Siempre es mucho más estimulante reinventar si el proceso nace a partir de repertorios alejados.
Canta María con ese timbre incisivo y profundo, alejado de los registros más cómodos, y aprovecha para ponernos al día en ese universo rico en evocaciones y en claroscuros. Las suyas no son canciones fáciles ni complacientes que solo aspiren al candor, sino que aportan el contraste del duelo y la incertidumbre. Pero siempre con la capacidad de resarcirse como un factor vigoroso. El mismo que lleva a la autorreferencial El dragón a proclamar. «Tú y yo siempre hemos sido valientes en una tierra escondida llena de acordes». Hay un gusto por el intimismo y la crudeza, con un formato que en directo solo conoce el complemento de la percusionista Susi Gamboa como tercer vértice del triángulo. El resto es sinceridad descarnada, a bocajarro. Y no hace falta mucho más.
Muchas gracias por tu reseña, atinada, redonda y exacta como acostumbras.
Vaya por delante mi admiración, gusto y adhesión por las canciones que componen y cantan Mabú.
Habitualmente, compro la música que me gusta en formato CD o Lp. El caso es que me he puesto a buscar CDS de Mabú y, el más barato, ronda los 36 o 38 euros. ¿Música para ricos? Eso me ha parecido, dándose la paradoja de que el mayor espectro de oyentes afines a lo que ellos hacen, no se lo van a poder permitir. No estoy de acuerdo con la gratuidad de los productos culturales, tampoco con los precios imposibles.
Un cordial saludo,
José Félix Arana Rivero
Coincido al 100% con tu post, Fernando. Son una banda adorable, con canciones muy potentes y plenas de delicadeza y lirismo, de las que te oxigenan por dentro y te alumbran la mirada. Verlos en directo (justo ahora están de gira por el país) es un festín para los sentidos. ¡Larga vida a Mäbu!