Mamas Gun es una banda joven que suena orgullosamente viejuna, una pandilla de ya no tan chavales blancos a los que les habría encantado ser negros, un grupo británico que quizá equivocó su lugar de nacimiento y al que se le debería conceder de oficio la doble nacionalidad estadounidense solo por el ejercicio de arraigo que representan sus barras y estrellas. Nada de lo que acontece en Dig! parece provenir del siglo XXI, sino que podríamos imaginarlo perdido y encontrado en alguna bobina escondida en cualquier cajón de los cuarteles generales de Motown, con su orgullosa pegatina de “The sound of young America” adherida a la lata. Es un ejercicio de inequívoco y explícito orgullo retro, pero también una lección magistral de escritura: como todas esas grandes canciones que parecen suspendidas desde tiempo atrás en el éter, gravitando en torno a nuestras cabezas hasta que alguien repara en ellas y las atrapa, muchas de las 11 que dan forma a este sexto trabajo de los Gun podrían llevar décadas y décadas esperando a ser materializadas en soporte fonográfico.

Dig! no constituye ninguna sorpresa, en vista de que sus cinco artífices llevan ya unos cuantos trienios refrendando su condición de músicos cabales y regeneradores de la vieja escuela, pero no podemos minusvalorar el mérito enorme que representa convertir en hábito la grabación de un gran elepé detrás de otro. Y todos los vértices del pentágono sonoro de Mamas Gun están lo suficientemente afilados como para arañarnos en cuanto acercamos la yema del dedo: los bajos cantarines y melódicos de Cameron Dawson, el pulso cálido e implacable de las baquetas de Chris Boot, esos teclados de intenso aroma analógico (Hammond o Wurlitzer, todo lo bueno) que acaricia Dave Oliver, la ambivalencia del guitarrista Terry Lewis a la hora de alternar labores rítmicas, solistas o de contrapunto. Y las canciones siempre crecientes de Andy Platts, habituado a alternar agenda aquí y con su no menos fundamental entente con Shawn Lee para Young Gun Silver Fox. Aquí, ese calor consustancial a las páginas de Platts, un tipo tierno de voz profunda y falsete escandalosamente natural, se amplifica con la decisión de grabar el álbum en directo en el estudio, e inmortalizarlo sobre cinta analógica de 16 pistas. Marvin Gaye levantaría el pulgar desde la pecera. Seguro.

El ilustrísimo Brian Jackson (Brooklyn, 1952), mano derecha durante años de Gil Scott-Heron, comparte autoría para el tema titular e inaugural del disco, y hasta rubrica unas extensas, elocuentes y elogiosas notas interiores en las que recuerda que el soul que practican sus jóvenes amigos es vivísimo, por más que hunda sus raíces en todo lo aprendido gracias a los grandes discos de los sesenta y setenta. Y todo confluye en un álbum esperanzado y alentador, una llamada a la resiliencia en la que el funk asoma con The proof, el sonido de Filadelfia cobra nueva vigencia en Had me at goodbye, el jazzista que todo gran músico lleva dentro aflora con Wings, la balada Food for the flames remite a los tiempos de Delfonics y para el final se reserva el estallido de optimismo de la inequívoca Joy, con el atractivo entrañable de que los eufóricos coros finales los ha grabado la jovencísima hija de Andy Platts.

Todo es cercano y familiar, casi una declaración de amor a los buenos tiempos y la eterna vigencia del oficio de la música. Y nada para simbolizar ese sentimiento de hermandad como un juego de armonías vocales en torno a un único micrófono central, como sucede en el ecuador del disco con First time (in a long time). Todo parece que la lo hubiésemos escuchado, pero todo a su vez renace con un brío renovado y alentador.

4 Replies to “Mamas Gun: «Dig!» (2026)”

  1. Leyendo el libro «Tu cerebro y la música» (Daniel J. Levitin) me asusté al descubrir que nuestro cerebro se «endurece» según envejecemos, y por eso son las canciones de nuestra primera etapa vital las que realmente nos emocionan. Luego ya es más difícil que algo nos «llegue». Eso es exactamente lo que me pasó durante un tiempo: era incapaz de encontrar nueva música que me emocionara, hasta llegar a creer que había perdido algún tipo de sensibilidad. Y de repente, leo tu post. Gracias por volver a despertar ese «algo» dormido en mi interior. Fantástico descubrimiento.

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