Más de una vez habremos comentado la importancia de la primera canción de un disco, de ese corte escogido por el artista para invitarnos –e incitarnos– a que le acompañemos a lo largo de un viaje musical de unos 40 o 45 minutos de duración. Esa primera canción suele definir espíritus, ambientes, intenciones, colores o influencias, pero en ocasiones es mucho más que eso. Porque a veces resulta no ser solo una canción, sino, más bien, un manifiesto. Escuchemos al principio de la cara A a María José Llergo recitando esa introducción, Bienvenidos al juego, porque sin duda nos encontramos ante un material relevante. Y nos anuncia la cordobesa: “Como diría Galeano: ‘Yo no quiero morir nunca, yo quiero jugar siempre’. Hace poco que aprendí que la vida es un juego impredecible y generoso. Que, como con la lluvia, nunca se canta a gusto de todos. Pero que, cuando se canta, se agradece”.

Tiene pinta de que esta artista deliciosa no sea inmortal, pero su arte sospechamos que sí. Porque nada parece efímero en la muchacha de Pozoblanco que acaba de cumplir 32 primaveras, pero que nos viene conmoviendo desde la primera vez que la escuchamos cantar hace algo más de seis años los temas de su primer álbum, Sanación (2020). Y casi tan importante: desde que la empezamos a escuchar y supimos de toda su sabiduría precoz y elocuente clarividencia. No son habituales voces como la suya: ni en el cante ni en la articulación de un discurso propio.

Apareció ante nosotros en un año en el que, en efecto, estábamos muy necesitados de experiencias sanadoras. Ahora, media docena de temporadas después, aquella cantante, violinista y compositora sigue aspirando a curarnos heridas, por mucho que ella misma tenga alguna que otra Espina clavá. Porque el desamor, ¡ay!, alimenta una parte significativa de este nuevo repertorio. El juego del título es la vida misma, pero en ella las cosas del querer desempeñan, cómo no, un papel preponderante. Diríamos que la Llergo ha perdido algunas partidas en tiempos recientes, y qué bien que le sobre coraje para sobreponerse. En ese territorio y en lo que se le ponga por delante.

Porque la pérdida también hace acto de presencia en Abuelo, otro ejemplo preclaro de que en El juego no hay tanta felicidad como cabría deducirse del título, sino en todo caso una buena dosis de resiliencia. Le canta y llora esta mujer morena de belleza casi romerodetorresiana a José Sánchez Muñoz, el mismo que tantas enseñanzas le transmitió sobre el cante flamenco. Esa figura esencial de la que llegó a decir: “Es el hombre más sabio que he conocido nunca”. Abuelo es hipersensible, pero en ningún caso como este podría estar tan justificado el sollozo y la congoja.

Recapitulemos. Enamoradiza, pero decidida a sobreponerse al escozor de los desencantos. Comprometida con la ultrabelleza, como tituló su elepé anterior, pero alérgica a cualquier corsé, frontera o prejuicio. Dispuesta a comerse el mundo –no le faltan ni el hambre ni los motivos–, pero consciente siempre de sus orígenes. Orgullosa de que se le noten en la intención y en el acento. Definitivamente, esta taruga ya universal, que así les dicen a los de Pozoblanco, es una muchacha que enarbola esa bandera de la libertad como principal argumento para su discurso. A ella siempre le ha interesado bien poco la pureza y ha recelado tanto de puretas como de puritanos, así que no pasa nada porque aquí restrinja la presencia del ADN flamenco.

Habrá un sector desconcertado con la permeabilidad hacia ritmos bailables o urbanos, empezando por esa suerte de electrobachata, Otros besos, con la que también insiste en exorcizar los tan maléficos demonios del desamor. Y aún puede que haya más cejas arqueadas en el caso de Mala mía, algo así como gypsy disco en donde el peligro de rosalización se vuelve más evidente. El signo de los tiempos, ya saben.

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