Transitando siempre por esa estrecha franja entre la firmeza y la finura, balanceándose en un péndulo que abarca un lado tierno y otro mucho más robusto, la cantautora asturiana Marisa Valle Roso afianza su universo (y su discurso) con un cuarto álbum que suena más asertivo y elocuente que nunca, como si esa mirada tan propia y tan legítima hubiera acabado de asentarse sobre los cimientos de la confianza y el amor propio. Valle le canta a la gente rural, humilde y rabiosamente auténtica, sobre todo a los personajes femeninos, tantas veces reducidos a la condición de cenicientas de brillo fugaz pero méritos incontestables. Es un retrato precioso y reivindicativo de ese tipo de mujer que ha vivido “con miedo, con rabia y con sangre a la espalda, y no dijo nada”, como se explicita en la excelente Cenicientes del carbón, magnífico ejemplo de que la ambivalencia argumental también tiene traducción en lo estilístico: el deje, las maneras y el cántico beben de lo tradicional, pero el envoltorio apuesta por un atractivo embozo electrónico.
Ahí, en esos escarceos con la máquina, radica la principal novedad de esta asturiana orgullosa y empoderada que ha contribuido a esculpir la historia de la tonada de su tierra desde edad muy temprana y que ahora asume el reto de la evolución (o renovación) con más coherencia que vértigo. Porque las fichas encajan, en lo estético y en lo emocional, y una parte significativa de culpa en esa armonía del ensamblaje puede recaer sobre los hombros del coruñés Juan de Dios Martín, brazo derecho durante muchos años de Xoel López y tipo hábil, empático y sagaz donde los haya detrás de cualquier mesa de mezclas.
Juntos logran esta puesta al día de un universo netamente asturiano, minero y feminista, un discurso muy bien hilvanado por Valle Roso que encuentra apelaciones a la épica y la leyenda (La tormenta) o cruces de caminos tan ingeniosos como La manzana, un alalá de sabor terruñero hasta los tuétanos, pero pervertido por la irrupción traviesa del autotune.
También hay hueco para momentos más íntimos en Cenicientes, desde la Nana a esa La carbonera a guitarra y voz que conmueve justo por eso, por una desnudez que no deja margen al equívoco y lo apuesta todo a una emoción descarnada e inapelable. Pero la Marisa guerrera reaparece con El tren de la libertad y la experimental echa el telón con ese doble juego de tradición novosecular que representan tanto Al molín como La somedana, esta dopada de autotune hasta los tuétanos, por aquello de neutralizar su condición de única pieza popular de las 10 del lote. En resumen, el gran salto hacia adelante que todos sabíamos que Marisa Valle Roso acabaría dando, más pronto que tarde.