Produce cierta ternura y hasta sentido del asombro asistir al proceso de sanación y reinvención al que se está sometiendo el bueno de Michael Paul Hinson, un cantautor con aureola de maldito y bien labrada fama de atormentado que consigue ahora reconciliarse consigo mismo, con el mundo y hasta con la vida, y aparece aquí renovado en cuanto a tono, intenciones y aspiraciones como creador musical (y hasta como ser humano). El trovador que rumiaba sus penas, mascaba las palabras y regalaba discos tan profundos y reveladores como ásperos se nos descubre ahora como un corazón abierto a la redención y el amor, un hombre que reflota y asoma con los ánimos renovados de quien se siente en el primer acto de una nueva vida. Y, por extensión, también de una nueva discografía.
The tomorrow man mira, en efecto, hacia el futuro para evidenciar su condición de álbum hermoso, sosegado y sentimental. Quedan las huellas de las muchas turbulencias vividas en ese timbre vocal todavía rugoso y alquitranado, pero la luz acaba colándose aquí por todas las rendijas. Y más aún si reparamos en el gusto con el que nuestro viejo camarada de Memphis abraza la posibilidad de los arreglos orquestales y el oropel terso y gentil. Queda el escozor, si queremos en modo de latencia, pero Micah se abre a la dulzura de los achuchones. Y orilla la furia contenida frente a una renovada condición de crooner. Ahí donde le ven.
El revulsivo de una vida personal menos convulsa y más placentera parece estar detrás de esta reformulación, fraguada de hecho en tierras italianas bajo los auspicios del compositor y arreglista clásico Raffaele Tiseo y con la producción de Alberto «Asso» Stefana. De la voz alquitranada al pop con pajarita para adultos hay un trecho sustancial que Hinson recorre con naturalidad y sin aspavientos, emulando a aquel Tom Waits joven de Closing time o The heart of Saturday night por cuyas venas ya corría el alcohol, pero no la devastación.
Quedan muchos fantasmas aún a los que hacerles frente, sin duda. Tampoco podría ser de otro modo: la aceptación o la resiliencia no deben confundirse con la candidez, y parece claro que Michael Paul ha vivido sus hasta ahora 44 años con vértigo e intensidad. En este paisaje de una América interior no exenta de hostilidades hay hueco, por ejemplo, para el desgarro por el agnosticismo sobrevenido de I don’t know God, pero Micah reflota cuando murmura Think of me o se explaya en I was just standing there, donde la herencia de Scott Walker ya aflora sin muchas más cortapisas. Y todo ello bajo el marco de ese Oh, sleepyhead convertido en himno para esta nueva era, hasta el extremo de que ese canto desperezado abre pero también cierra este nuevo álbum.
Ni bien abre el disco, me parece estar escuchando al David Berman de Purple Mountains