“Mis dos gatos se están encargando de que me encuentre bien”, canta Mitski en Cats, una de las canciones más hermosas en uno de los discos, de lejos, más bellos, emotivos, intensos y cautivadores de lo que llevamos del nuevo curso. Ese tercer corte del trabajo parece una invitación a la serenidad, en lo temático y lo sonoro, pero Nothing’s about to happen to me esconde muchos desasosiegos, inestabilidad emocional y turbulencias interiores. Lo intuimos cuando descubrimos que el tierno gatito blanco que nos contempla desde la portada está a punto de ser atacado por un tigre que asoma desde la esquina superior izquierda. Casi no se le ve, pero va a entrar en escena en cuestión de segundos, quién sabe si con consecuencias fatales.
Nadie lo habría imaginado, pero los discos temáticos o conceptuales están volviendo a la palestra. Y no, ni los firman solo artistas con muchos sexenios cotizados ni todos llevan el título de Lux, aunque la prensa generalista haya adoptado orejeras y solo parezca tener tiempo, espacio e interés por la ilustre firmante de esa suerte de catecismo plurilingüe y multidisciplinar al que una parte de la modernidad contempla con esos ojos pasmados que creíamos reservados a los descensos divinos.
Mitsuki Miyawaki ha reunido el coraje para adentrarse en la historia de una mujer enclaustrada, una protagonista que prefiere la reclusión entre cuatro paredes que adentrarse en el incierto mundo exterior. “Le contemplo desde mi ventana. Ese gato blanco del vecino está marcándome la casa. Se supone que esta era mi casa, pero sospecho que, según los gatos, ahora ya es la suya…”, anota la anónima protagonista en otro corte de protagonismo felino, That white cat. Pero la tímbrica ya es bastante más cerca al sobresalto, una inquietud que ya se había plasmado en Where’s my phone, un relato en el que esa cotidiana sensación de agobio o angustia momentáneos porque no sabemos qué demonios hemos hecho con el celular se convierte en elemento simbólico: estamos pagando peajes, a veces tremendamente caros, por esta vida moderna y agitada que nos traemos entre manos.
¿Qué le ha sucedido a esa muchacha para que no quiera interactuar con otros seres humanos? Sin duda, bastantes cosas. Pero no descartemos que entre los desencadenantes figure algún desengaño amoroso, a tenor de la bellísima I’ll change for you, que la propia Mitski describe como “Una canción sobre ser patética” porque detalla, en efecto, cómo su protagonista está dispuesta a plegarse, a cambiar, modificar su comportamiento en lo que haga falta para obtener la atención y el interés del ser amado. Y en ese carácter obsesivo y seguramente un poco autodestructivo de la mujer no es de extrañar que tienda a autoimponerse normas de comportamiento, como en ese Rules que va desgranando pautas (“Regla número 1, regla número 2…) a partir de un juego métrico que casi parece un ejercicio de subdivisión de compases para alumnos de Conservatorio.
A sus aún exultantes 35 años, nos encontramos ante el ¡octavo! elepé (algunos de los anteriores, ya muy brillantes) de Mitsuki, mujer de madre japonesa y padre funcionario del Departamento de Estado que pudo haber nacido en la República Democrática del Congo (mamá prefirió tomar un avión solo para alumbrar a la criatura en el archipiélago nipón) y vivió en 13 países antes de instalarse en Nueva York de cara a la universidad, lo que explica que asuntos como la identidad o la pertenencia estén siempre muy presentes en su obra.
Candidata en 2022 al Óscar junto a David Byrne a la mejor canción por This is a life, de la película Todo a la vez en todas partes, su eclosión definitiva llegaría en 2023 con su séptimo disco, The land is so inhospitable and so are we, que incluía aquel prodigio absoluto bendecido por los algoritmos de TikTok: My love mine all mine. Ahora todo parece superado con Nothing’s…, un trabajo impregnado de humor negro, a veces oscurísimo, que se erige metáfora sobre el “zeitgeist de nuestro tiempo”, ese modo nuestro de vida tan ultraconectado como, a la vez, ensimismado y ausente. Con todo, el final del elepé es abierto, pero esperanzador, si nos atenemos a esa otra preciosidad titulada Lightning: una gran tormenta que no deja de servir como oportunidad para “nacer de nuevo”. “Cuando muera”, anota Mitski, “¿podría volver de nuevo, como la lluvia? ¿Ver el mundo otra vez y volver a caer una vez más?”. Imposible no sentir escalofríos.