Al inquieto y sagaz Ian Richard Devaney le está cundiendo una barbaridad el tiempo al frente de Nation of Language, una banda que afronta su cuarto álbum en apenas un lustro y que aprovecha la tesitura para fichar por uno de los sellos independientes con más pedigrí del planeta, Sub Pop. Venía el trío neoyorquino de acaparar abundantes piropos con motivo de Strange disciple (2023), pero esta entrega, en la que repiten como productor con Nick Millhiser (LCD Soundsystem, Holy Ghost!), amplía aún más el espectro. Lo suyo ya no es solo el synth-pop propio de quien decidió fundar el grupo después de que su padre le pusiera en el coche Electricity, el primer y ya remoto sencillo de Orchestral Manoeuvres in the Dark. Ni tampoco se depositan todas las esperanzas en la herencia de Kraftwerk, una influencia aún presente pero mucho más degradada en búsqueda de sonidos más cálidos, humanos y frágiles. En realidad, lo más curioso es que Dance called memory se aproxima en ocasiones al movimiento de Nuevos Románticos, de manera que los nombres de Ultravox o, mejor aún, New Musik pueden venirnos a la mente más de una vez a lo largo de la escucha.
Más allá de etiquetas o categorizaciones, lo relevante es subrayar la progresiva sensación de embrujo envolvente que se apodera de la sala a medida que el reproductor va desgranando estas 10 composiciones. Devaney, la teclista Aidan Noell y el bajista Alex MacKay pueden resultar vaporosos (Can’t face another one) pero también muy hábiles en la utilización de ritmos programados y machachones, como ratifican en In another life. Y dentro de esa languidez apenada que a menudo desprenden, llega a darse el caso de que en Silhouette podamos confundir a Ian con el hermano pequeño de Mark Hollis, de Talk Talk.
Son, como decíamos, extensiones naturales del sonido original de la banda, que de hecho apuesta por un primer sencillo muy tecno y más acelerado en pulsaciones por minuto, Inept Apollo, que entronca de manera evidente con los álbumes iniciales de Depeche Mode y se ha convertido en el desembarco de los neoyorquinos en las listas de la revista Billboard. Puede que su predicamento entre un público menos especializado y curtido en los circuitos indies no haya hecho más que empezar: las hábiles e inusuales guitarras eléctricas para I’m not ready for the change también abonan esa intuición de que podemos encontrarnos ante una de esas próximas-grandes-cosas.
El desapego por los cambios o la algarabía tecnología, incluso por la gélida deshumanización que preconiza la inteligencia artificial, aporta aliento, profundidad e intención a estos chavales que han pasado de atractivos a apasionantes, y que en el camino atrapan incluso briznas de unos Radiohead apacibles (Nights of weight) o del pop para soñar de Cocteau Twins, aunque sea con cambio de género en la voz principal. NoL fueron ya este verano teloneros de postín para Death Cab for Cutie; tiene toda la pinta, a la inversa, de que empezará a haber codazos entre bandas jóvenes para convertirse en aperitivo de los Language durante sus giras.