Lo del decimoquinto aniversario no parece una cifra muy redonda ni paradigmática como para andarse con ediciones conmemorativas, pero la excusa numerológica es lo de menos. La reedición del tercer disco de los madrileños Nudozurdo, aquel desconcertante Tara Motor Hembra que propició unas cuantas tardes de embeleso allá por 2011 –y cuyos ecos resonarían durante muchos conciertos después–, es una noticia maravillosa porque nos sirve para recuperar uno de los trabajos más absorbentes de la década pasada en el indie peninsular. Y supone, además, el estreno en rutilante y merecidísimo doble vinilo de una obra agigantada con el paso de los años y nacida durante aquel periodo en el que nadie aún tenía agallas para presentar sus nuevas canciones en formato de 12 pulgadas y a una velocidad de 33 revoluciones.
Había ya elementos relevantes y elocuentes tanto en Nudozurdo (2002) como en, sobre todo, Sintética, de 2008, pero el tercer trabajo de la banda que comanda Leo Mateos fue, sin duda, el que sentó las bases de una de las formaciones más singulares, oscuras, sugerentes y hasta desconcertantes que ha conocido el rock español del nuevo siglo. “Somos gente rara y me gustan los grupos que me muestran sus taras”, argumentaba el propio Mateo en un intento –condenado de antemano al fracaso– por encapsular a nivel retórico el espíritu inaprensible de una banda que no ha dejado de retroalimentarse en sus propias obsesiones. Y que supo agolparlas aquí, en una decena de canciones casi siempre extensas que beben del post-rock, pero también del kraut alemán (Láser love), el ensimismamiento del shoegaze para Prueba/error, las capas de sintetizadores etéreos o la plasmación de nuestro perfil menos favorecedor, ese que aflora en Prometo hacerte daño. No, no hablamos de música complaciente: que nadie se engañe.
Solo a partir de las tinieblas y oquedades que insinuaba Tara… empezó a resultar reconocible, y hasta inconfundible, la formación de Leo Mateos. Porque desde aquel mes de febrero de 2011 comenzamos a sumergirnos, ya para siempre, en una suerte de terminología dadaísta que complementaba a la música para sugerir sensaciones múltiples sin un discurso unívoco. ¿Quién puede inaugurar un álbum de 55 minutos con un artefacto sonoro de título tan impensable como Golden gotelé? ¿Cuántas sombras, o más bien tinieblas, habitan en el alma incomodada de un autor capaz de garabatear versos como los de No me toquéis?
Mateos es desde este disco el mejor ejemplo español de un rock absorto y alucinado, reiterativo como el baile de un derviche. Cabizbajo, taciturno y lacónico, siempre nos pareció la encarnación misma de uno de sus versos más célebres: “Lo siento es lo único que puedo decir”. La tortura interior, la pluma afilada, esos arpegios oscuros con bajo melodramático que pueden remitir a los primeros The Cure. Bien, bien.
Como añadidura para esta puesta al día y estreno de formato, la cuarta cara del vinilo la ocupa ahora una larga digresión instrumental, (Dana), que refleja el trabajo del grupo durante los ensayos, una improvisación de 19 minutos muy ilustrativa de las obsesiones y modus operandi de Mateos, el segundo guitarrista César de Mosteyrín, el bajista Meta y Josechu Gómez a la batería. Puede que no todos los aficionados necesiten una inmersión tan radical en el corazón del universo nudozurdista, pero es un documento sonoro muy revelador. Y siempre quedará la opción de echar el freno en el final teórico del álbum y ahora último corte de la cara C, aquel fascinante El diablo fue bueno conmigo: “Sí, soy un monstruo”. Que el viaje se prolongue aún todo el tiempo que sea necesario.