Cada vez más irreductible y despendolado, lo que es una felicísima noticia, el folclorista, cabaretero, agitador y artista tecnicolor asturiano Rodrigo Cuevas sigue enredando, en la mejor acepción del término, con su repertorio libérrimo, pícaro, incisivo, inclusivo, bailongo y ajeno a la bilis (aunque no a la carga de intención). Esa es la mejor conclusión que cabe extraer de este Manual de belleza, culminación (suponemos) del teórico tríptico de manuales que completarían Manual de cortejo (2019) y Manual de romería (2023), aunque nadie habló nunca de que este fuese un plan trazado de antemano: si hay que hablar de trilogía, será, en todo caso, una trilogía sobrevenida.
Frente a la relativa hoja de ruta que se marcaban de antemano sus dos antecesores, que parecían nacer con objetivos más nítidos, el tercero de los manuales de este ovetense cada vez más indómito y ajeno a cualquier forma de gobierno tiene algo de totum revolutum en el que las sorpresas se suceden con desparpajo, la sonrisa tiene escaso margen para la contención y los condicionantes estilísticos han saltado por los aires, si es que en alguna ocasión hubo en el concejo de Piloña algún dique de contención de nada (y sospechamos que en esa casa solo han existido puertas abiertas y mentes preclaras). Esta apelación a la belleza tiene algo de batiburrillo, y ahí radica en gran medida su encanto y también el talón de Aquiles, porque el ingrediente más terruñero a veces se difumina o desperdiga. No tiene nada de malo que así sea, en realidad, pero la ausencia de hilo conductor imprime una cierta sensación de torrente de ideas agitadas en la coctelera con más intuición que plan previamente definido.
Pero si en la barra nos atiende Rodrigo, nunca dejaremos de frecuentar una coctelería ante la que hasta el último recoveco de José Alfredo parecería un escenario pacato. La picardía de Xardineru es un monumento no ya en esta entrega, sino en la discografía de Cuevas, igual que Una muerte ideal agrega un componente de humor negro y desenfado ante la circunstancia más terrible y temida que solo podía incrementar su efecto con la inclusión de un artista gallego, Grande Amore, en representación de una tierra siempre muy propensa al ritual en torno a la parca. Es una de las mejores colaboraciones del álbum, por más que los nombres más ilustres y necesarios, fresquísimos y reivindicables en su envidiable madurez, sean los de Ana Belén, inmensa en el pasodoble Sácame a bailar, y ¡Massiel!, icónica para ese Un mundo feliz que sirve de manifiesto y punto de partida. Ya saben: cuánto mejor nos iría con menos emperadores sátrapas y más gobiernos de señoras que juegan al parchís y entornos donde “todo el mundo es maricón”.
Es pura chispa y fogonazo el gran Rodrigo, un hombre incontinente en el verbo y el ingenio, un tipo no ya listo como el hambre, brillante y lúcido, sino sencillamente necesario. Nos da un poco igual cómo sean los “porteros de les discoteques”, pero en la cabina necesitamos largas noches con Cuevas. Y que pinche lo que le vaya pidiendo el cuerpo, lo que le dé la real gana. Dentro de ese pequeño caos controlado que es Manual de belleza, sabemos que en todo momento seguimos en buenas –maravillosas– manos.