Tendemos a asociar aún el nombre de Rostam Batmanglij con sus años como cofundador de Vampire Weekend y escudero privilegiado de Ezra Koenig, pero cualquier aficionado al que le propongan una escucha a ciegas de este American stories y escuche los primeros compases de Like a spark, el tema inaugural, puede llegar a pensar que se encuentra ante una regrabación de Astral weeks, de Van Morrison. El espejismo tarda poco en desvanecerse, pero lo inesperado del parentesco demuestra la vocación rabiosamente acústica y orgánica de este disco breve, en apariencia sencillo y de belleza abrumadora. A veces incluso inexplicable, porque no sabemos cómo unas piezas que parecen mínimas pueden producir una eclosión emocional tan grande.
Compruébese, pongamos por caso, con la hermosísima To feel no way, una canción de ruptura que figura desde ya entre lo mejor que nos ha legado este 2026 tan rico en desdichas. Se trata de una melodía mínima, estrecha en cuanto a esa tesitura casi insignificante, abrazada por un piano en el que el propio Batmanglij apenas necesita pulsar tres o cuatro notas distintas. ¿Cómo una miniatura así puede acabar emocionándonos tanto? No conseguimos entender del todo la chispa, el origen de la llama. Pero sucede. Y es fabuloso.
Resulta de paso que To feel… es una de las dos canciones en las que Rostam comparte autoría con Tobias Jesso Jr., otro de esos geniecillos tímidos y nada mediáticos que se escapan a los focos pero atesoran un talento descomunal. Pero el grueso de los méritos recae aquí en el protagonista de la historia, un autor inspiradísimo, multiinstrumentista de amplio espectro y productor de finura apasionante. Porque así termina resultándole American stories a nuestros oídos: frágil, delicado, enormemente intenso en su apariencia de frugalidad. Un disco lindo de buenas a primeras, pero cada vez más hermoso en cuanto dejamos que su media hora de música sin mácula se nos meta en los tuétanos.
Batmanglij es un hombre profundamente humanista que explora en los legados, las herencias y el valor de las enseñanzas. Y American stories deja traslucir todo ello, partiendo de la propia procedencia familiar iraní de este artista, que introduce un instrumento tradicional precioso, el saz turco (tanto acústico como eléctrico), en varios momentos decisivos del álbum, siempre por cortesía de su amigo Amir Yaghmai (del grupo Voidz). Sucede en el corte final, el solemne y precioso The weight, pero también en el corte más feliz e instantáneo, Back of a truck, que parece pop soleado y acaba orientalizándose de manera decisiva.
Rostam es ocurrente siempre, espiritual, profundo, amigo de soluciones inesperadas. Solo recurre a la fórmula de la colaboración en uno de los cortes, Hardy, para el que echa mano de una de sus artistas de cabecera, Clairo. Y se la reserva para los instantes finales del tema, casi cuando habíamos olvidado que su nombre figura en los créditos. Es una sorpresa, una vez más, embaucadora.