Este SanIsidro que hoy nos ocupa no tiene nada ni de santo ni de labrador, hasta donde nos conste; ni ejerce patronazgos ni se le conocen romances con ninguna María en loor de santidad. Pero su bendita condición de marciano, que es otro rasgo muy estimable de singularidad, lo hace justo merecedor de nuestras atenciones.
La propuesta de este Isidro Rubio es tan bella como evanescente, porque proviene de un lugar que no acertamos a localizar ni en ningún mapamundi ni en los códigos estilísticos al uso. Puede parecer a ratos aflamencada, claro, pero desde una heterodoxia tan radical que los puristas no se pondrán esta vez a deshilacharse las vestiduras: ni siquiera llegará la afrenta hasta sus oídos. Tiene querencia por la psicodelia, puede ser, pero tampoco necesita de ninguna sobreestimulación química: da toda la impresión de que es iconoclasta porque así lo quiso su código genético. Y esa sustancial condición de perro verde le convierte en personaje merecedor de las mejores escuchas.
Todo parece apartarse de cualquier normativa en los quehaceres de este artista valenciano, un tipo de carácter normativo hasta con la caligrafía: ya tituló los álbumes que anteceden a este a lo pesau, a lo bajo y a lo llano (2020), todo en minúscula, y SAMBORI (2023), en aparatosa caja alta. Lento aposta parece en ese sentido más convencional, pero debería servirnos como lema para personalizarnos alguna camiseta: queremos compartir colores y equipo con gente como Isidro. Porque estas 10 canciones viradas a sepia, con ese aire a veces como desastrado, casi de canturreo, nos invitan a escudriñar, a husmear orillando ideas preconcebidas, a dejarnos llevar por un encanto creciente y desconcertante que tan pronto induce al tarareo flamenco en valenciano (Ferit, malferit, junto al imprescindible Raúl Cantizano) como nos adentra por el Sahel más hipnótico (Ahora, ¡ya!) o anima a mecernos con el aire entre caribeño y somnoliento de Como yo te veo.
Así de inescrutables, y de gozosos, son los códigos en el universo de este antiguo rockero que vivió en Berlín, se impregnó de heterodoxia y comenzó hace algo más de una década a grabar maquetas en un 8 pistas casero de las que acabaría saliendo aquel primer álbum de título tan orgullosamente raro como su propio autor. Lento aposta es el refrendo de todo ese ideario libérrimo: Isidro ni tiene gran voz ni pretendería exhibirla, pero la suya es una voz propia, genuina y sustancial. Y eso sí que representa un tesoro.